“Aquí no pasa nada increíble. Sólo lo de siempre”. Aunque lo de siempre sea feroz. Aunque lo increíble sea la propia vida, con su dolor y su impotencia. Con su ignorancia y su esperanza. Nada nuevo, retiario, tú eso lo deberías saber.

A veces nos dejamos llevar, pese a nuestra irritación y nuestra resistencia, de una histeria sentimental; caemos en el paroxismo, en la exaltación extrema. Y nos enamoramos de alguien o de algo; de un poema, de un gesto, de una voz, de unos ojos aislados... mismamente de una escultura... de un olor que relacionamos con algo remoto... quizá sólo buscamos una querencia, aquel hueco de infancia en el que los recuerdos no son lo suficientemente nítidos.

Ya sabemos, gladiador, que ni siquiera es fiable nuestra propia memoria...

jueves, 8 de marzo de 2012

Acerca de Bobby Fischer (aun para los no aficionados al ajedrez).


Este texto me sugiere esta música...




 Y también esta otra...










Cuando se cumplen 69 años de su nacimiento.



Acerca de Bobby Fischer

(aun para los no aficionados
 al ajedrez).

 




Cuando leí que el gran mito acaba de fallecer no pude evitar que me invadiese una cierta tristeza pues sigue desazonándome la idea de que los geniales cerebros muertos son tan carroña como cualquier otro cerebro. Recuerdo la macabra anécdota de la sesera de Eminescu, depositada en un aula de medicina con el objetivo (hoy demodé) de estudiar tras mil y una disecciones dónde demonios radica el talento y que fue tirada a la basura por la mujer de la limpieza entre grandes improperios hacia los doctos por dejarse mierdas por doquier. Fetichistas de mal gusto siempre los ha habido; si no, seguidle la pista al cráneo de Papá Haydn, que dio más tumbos vacío que lleno y más recientemente quizá recordéis el robo de los despojos de Chaplin.
Se ha muerto el legendario Fischer y me ha venido una ráfaga de infancia, con la Vanguard en blanco y negro y las noticias hablando del célebre “match del siglo”. Recuerdo al autómata con cara de pájaro y corbatita negra y estrecha (todos los hombres de entonces se disfrazaban de tecnócratas de la NASA).


Se me vienen a las mientes, ¡cómo no! los versos de Kavafis acerca de lo mucho que discutirán en el Hades sobre la apertura Reti o el Gambito Evans si es que tales cosas aún les interesan y se me pone la piel de gallina al imaginar que exista una eternidad (tanto en el infierno como en la gloria) para tipos como Fischer. ¿Qué pesadilla es esa del no morir sin poder encontrar rivales ni en el inframundo? Porque a Fischer no le interesaba nada; ni los hombres ni el mundo; ni tan siquiera él mismo. No parece una buena perspectiva para de quién he leído una definición que -disculpad mi sempiterna tendencia- me ha conmovido: “Genio del ajedrez y disidente de la vida”. Y yo añado que Fischer se ha muerto a los 64 años porque 64 son los escaques del tablero.

Andaba mi hijo mayor por los cuatro años quizá cuando una tarde  -desesperada ante su negativa a comer con independencia del tiempo de ayuno transcurrido- puse entre el plato del lenguadito desmenuzado y su silla, un tablero de ajedrez y comencé a enseñarle a mover las piezas, explicándole que se trataba de una terrible e incruenta batalla entre blancas y negras. 


Quizá porque desde siempre ha amado la polémica, se zampó el pescado abriendo la boca automáticamente, mientras yo disponía las figuras y le explicaba el movimiento de cada una de ellas. Un par de días después observé con cierta alarma cómo él sólo las había distribuido perfectamente y cómo hacía cabalgar al caballo con su salto característico (el más difícil de aprender). Llamé a su padre y le preguntamos el movimiento del resto de las piezas; asombrosamente el niño había sido capaz de retener cada uno de ellos. Comencé a ser su contrincante, manteniendo “las partidas” el tiempo justo para que ingiriese la comida. Un día, quizá transcurridos seis meses, me divirtió el hecho de que me ganase. Lo achaqué a mi atención al telediario, pero al cabo de cierto tiempo de nuevo me ganó. Comencé a subir mi nivel de ajedrecista  preescolar y cuando volvió a ser habitual que me diese jaque con relativa prontitud puse pie en pared. Era muy gracioso que comenzara a divertirle tanto ganar, pero poco pedagógico, porque cuando era yo quien le acorralaba el rey, el niño la emprendía a golpes con el tablero demostrando muy mal perder. Así que fui dando una de cal y otra de arena. Pero la confianza da asco. Supuse que ante un rival extraño se contendría. Ese fue el motivo de inscribirlo en clase de ajedrez. Lo echaron para atrás, argumentando que era muy pequeño. Pero insistí y el profesor, Manolo Ruíz, supuso que el aburrimiento haría mella en él a los pocos días. No se equivocó; se aburría, pero porque dominaba más estrategias que el resto. Ruíz, según sus palabras “no le echaba cuentas” hasta que organizó un torneíllo para practicar y Rafita se los ventiló a todos a la primera vuelta. Entonces Ruíz comenzó a “echarle cuentas” y a explicar prácticamente para él.
Luego vino otro entrenador, de nombre Pariente, al cual los alumnos le cantaban por lo bajini una tira de pareados de los que sólo recuerdo el primero, que decía: “Parienteee, con cara de dementeee...” porque el tal, en efecto, andaba un tanto alelado con todo lo que no fuese el enroque y la defensa Benoni. Llegó un momento en que Pariente traspasó sus poderes y me convirtió en chófer una vez más, llevando al niño y trayéndolo  hasta la Escuela Municipal de Ajedrez. Allí seguía siendo el más pequeño y no dudo que experimentara callada y gran satisfacción cuando daba jaque Pastor en un plis a un chaval que le duplicaba la edad y que había protestado momentos antes por haberlo sentado ante un enemigo de antemano “chupado”. Mi madre le compró una maquinita para que pudiese continuar sus partidas a solas y se comenzaron a comprar libros de ajedrez. Llegó la hora de las tardes en que se medía con su padre, que siempre le ganaba, si bien con rúbrica del correcto apretón de manos y una expectativa de revancha. Una mañana de verano por fin le ganó.  El flamante vencido rió mucho, pero le pidió la revancha él esta vez. Volvió a perder y así sucedió ya la mayoría de las veces. Hasta que en una ocasión –jugaba con la maquinita incluso en los desplazamientos en el coche- se perdió una de las fichas magnéticas. Esto le hizo rayar en la histeria al pensar que no hubiera piezas de repuesto, o que, incluso habiéndolas, tardara un par de días en conseguirlas.
Fue el momento de enfriar las relaciones con el ajedrez. 


Ese, y el síntoma de las “partidas mentales” nos hicieron intervenir para abortar un idilio tan obsesivo.
Todo el proceso de desamor fue, contra todo pronóstico, relativamente fácil. Teñido de melancolía, sí, sustituido por esporádicos juegos on line con quién sabe quién. Hasta que un día, ya zangón y un tanto compungido admitió que había perdido su nivel.
Yo no soy ni medio buena jugadora, puesto que la impulsividad y la impaciencia me pierden. El ajedrez quizá engancha porque es reflejo de la propia vida. Soy mala estratega y además no me humilla lo suficiente el hecho de perder. No tengo el sentimiento necesario. Pero eso no significa que no aprecie una buena partida ni que deje de considerarlo una disciplina pedagógicamente inapreciable en muchos aspectos. Creo que en el colegio de los niños se sigue dando como actividad. Hace años se instauró por mi iniciativa; lo propuse por sus bondades tanto para el intelecto de los chiquillos como por su poco desembolso económico (el presupuesto inicial fue de risa; bastan unos tableros, incluso de cartón y una pizarra para las explicaciones). 

 

Así que Bobby no es un extraño en casa. Al saber de su desaparición me siento movida a rendirle homenaje. Quienes me conocen saben que propendo con gran delectación a la liturgia.
Gélido y precoz, Fischer está considerado por muchos especialistas como el mejor jugador de ajedrez de todos los tiempos y se convirtió en su país en un símbolo de la lucha contra el comunismo durante la Guerra Fría. Pese a que su madre era judía, (y asombrosamente culta) Fischer fue un activista antisemita y acusó a los judíos de todos los males, desde sus propios problemas legales hasta de planear una conspiración  para matar elefantes. Su retórica antiestadounidense, además, le granjeó numerosos ataques desde su país. Más aún cuando, tras los atentados de Nueva York del 11 de septiembre de 2001, telefoneó a una emisora de radio filipina para exaltar "la maravillosa noticia" del ataque terrorista y volver a lanzar injurias contra los judíos.
Fischer, nacido el 9 de marzo de 1943 en Chicago, decidió abandonar la escuela en 1959, que consideraba una pérdida de tiempo, para dedicarse al ajedrez. Para ello, se encerró en su propia habitación, enfrentándose a sí mismo en larguísimas partidas de ajedrez. En 1968 se retiró durante 18 meses para preparar su enfrentamiento contra los soviéticos. Regresó por petición expresa del secretario de Estado Henry Kissinger para uqe jugase en Reikiavic (parece ser que se lo rogó en estos términos: “Soy el peor jugador del mundo que llama al mejor del mundo”.
En 1972, cuando contaba con 29 años, acabó con los 24 de hegemonía soviética al derrotar en Reikjavik al campeón ruso Boris Spassky durante el campeonato del mundo más extraordinario, seguido y apasionante.

En 1975 impugnó las reglas de la Federación Internacional de Ajedrez, por lo que fue despojado de su título. Tras este incidente, Fischer desapareció de la escena. "La gran pérdida para el ajedrez fue que Fischer nunca trató de regresar a ese mundo y que sus últimos 30 años estuvieran marcados por una vida muy extraña, con declaraciones políticamente inaceptables, en lugar de una contribución de ajedrez", dijo Kasparov. (Que cuando venció a Karpov, teniendo a la sazón 22 añitos se convirtió en una especie de icono erótico-intelectual para una extraña también veinteañera como yo, que a estas alturas os resultará fácil suponer que un tipo de Arzerbayán que sonreía, a pesar de ser endemoniadamente exacto en el juego, era blanco fácil para mi admiración más rendida.    




Dejó de gustarme en 1989, principalmente porque aceptó jugar contra Deep Thougt, la computadora más poderosa del momento y porque yo ya tenía dos parvulitos que absorbían todas mis ocupaciones). Los años han demostrado que Kasparov ha sido además de inteligente más listo que Fischer, al cual nada, absolutamente nada se le reveló como tentador, como viene a demostrar el hecho de que durante 20 años nada lograse hacerlo volver, ni los millones de dólares ofrecidos por los organizadores de Las Vegas o Manila, ni una precaria situación personal que lo llevó a la ruina.
Sin embargo, en 1992 volvió a la escena para disputar en Montenegro una partida "de revancha" contra Spassky, del que se había hecho “amigo”, por la que cobró 3,35 millones de dólares. Despreció el embargo económico de la ONU vigente en aquel momento en la ex Yugoslavia, por lo que Fischer fue acusado por la justicia estadounidense de realizar una transacción comercial ilegal y fue objeto de una orden de arresto internacional en julio de 2004 en el aeropuerto de Tokio-Narita cuando intentaba salir de Japón con un pasaporte estadounidense anulado. Durante meses, las autoridades japonesas estuvieron estudiando su extradición a Estados Unidos. Fischer recibió entonces el apoyo público de Spassky, quien reclamó poder compartir celda en el caso de que Fischer fuese encarcelado en su país. "Simplemente, déjennos jugar al ajedrez", dijo el campeón ruso.
Finalmente la intervención del gobierno islandés le permitió refugiarse en ese país nórdico, donde ha vivido hasta su muerte.
La última vez que Bobby Fischer participó en una competición de ajedrez pidió a los organizadores del torneo que elevaran varios centímetros el retrete de la habitación del hotel en el que se hospedaba, en la ciudad yugoslava de Sveti Stefan. El mejor entre los mejores debía estar por encima del resto de los mortales; sí, también en los momentos de urgente intimidad. Qué manía la de las distancias sobre el resto de los mortales; ni el mísmisimo Napo (al cual aborrezco sobremanera) escapó de la tentación erigiéndose la fenomenal “peasotumba” que nos obliga a agachar la cabeza cuando visitamos Los Inválidos de París, gesto que, al parecer, le causaba gran ilusión siquiera imaginar.


Pero a lo nuestro: el más grande ajedrecista de todos los tiempos terminó ganando aquella última partida ante el ruso Boris Spassky en 1992. Después desapareció, sin más.
Los aficionados y la gran mayoría de sus compatriotas estadounidenses, que durante la Guerra Fría lo consideraron un héroe nacional, han tenido que esperar cerca de una década para volver a saber del hombre que humilló a los soviéticos en un deporte que consideraban de su propiedad.
Las Torres Gemelas de Nueva York acababan de ser tumbadas en el mayor atentado terrorista de la Historia el 11 de septiembre de 2001 cuando alguien que decía llamarse Bobby Fischer llamó a la modesta emisora filipina Radio Bombo para dar su opinión sobre lo ocurrido: «Son grandes noticias», se pudo escuchar al otro lado de la línea. «Ya era hora de que alguien le diera una patada en el culo a EEUU. Aplaudo esta acción, quiero ver cómo América desaparece del mapa». Añado yo que si hubiese sido un hombre ingenioso -que no lo era, sino más bien lo que en castizo malacitano denominaríamos un “malage”- hubiese comentado lo que mi hijo, al hilo y con rasgos de humor negro, manifestó: “A ver cómo juegan ahora los yanquis después de perder las dos torres”. Y es que cuando te zampan las susodichas piezas es difícil remontar. Salvo que la reina y los alfiles estén en juego, esquilmando peones y con posibilidades de jaque.


"Enroque II" de  Lautaro Fiszman


En realidad, Fischer llevaba dos años realizando intervenciones similares en pequeñas estaciones de radio de Filipinas y publicando más tarde esas grabaciones en una página de Internet en la que pedía a las emisoras de todo el mundo que le permitiesen contar su verdad. Brevemente resumida, su verdad, su mundo, venía a ser algo así: una mafia de agentes comunistas y judíos le persigue para envenenarle, su fortuna ha sido robada en una conspiración de agentes de la CIA, Bin Laden es un héroe y Hitler no fue suficientemente lejos en su represión.
Sin embargo, dicen quienes lo conocían que el Gran Maestro ha sido traicionado por su propia mente. Su caso recuerda al del matemático -y esquizofrénico- John Nash, Nobel de Economía cuya vida, también marcada por un cerebro que nunca llegó a controlar del todo, fue recreada -para mi gusto de forma penosa- en “Una mente maravillosa”.
 Fischer, prófugo de la justicia estadounidense, olvidado y neurótico, vivió exiliado entre Tokio y Manila, donde se casó con una filipina 40 años menor con la que tuvo una hija. Casi todos sus amigos ya lo habían abandonado y en el mundo del ajedrez crecía la opinión de que había perdido el juicio.
Nada de lo que le ha ocurrido a uno de los mayores fenómenos intelectuales del pasado siglo podría entenderse sin dar marcha atrás en el tiempo, hasta un día de mayo de 1949 en que recibió como regalo un tablero de ajedrez en su Chicago natal. La obsesión del pequeño Bobby por descifrar aquel juego le llevó a incomunicarse del mundo, (pienso yo que probablemente hubiese ocurrido algo semejante si el regalo hubiese sido un violín y él hubiese tenido agilidad de muñeca y buen oído), hasta el punto de que su madre, preocupada por su carácter antisocial, puso un anuncio en el diario local Brooklyn Eagle preguntando por niños de su edad que tuvieran la misma afición. «No se interesaba por nadie que no supiera jugar al ajedrez y no había muchos niños a quienes les gustara el juego por entonces», aseguró años después Regina Wender de su hijo.



El niño prodigio se inscribió en un club de ajedrez del barrio y a los 10 años participó en su primer torneo. A partir de ahí, Bobby Fischer empezó a ganar competiciones hasta batir todas las marcas posibles: el campeón nacional de EEUU más joven -ganó las ocho veces que participó-, el Gran Maestro Internacional de menor edad de la Historia, con 15 años, y el más novato candidato al campeonato del mundo... “Sólo quiero jugar al ajedrez, nada más” decía (y a fe que lo cumplió) por entonces .
Lo que marcó definitivamente la vida del ajedrecista fue su decisión de abandonar la escuela a los 16 años para dedicar 14 horas al día a su única pasión. 
 

Llenó la vivienda que compartía con su hermana y su madre de tableros de ajedrez para jugar varias partidas simultáneas consigo mismo, yendo de una habitación a otra para desafiar sus propios movimientos. Con un coeficiente intelectual de 180 y esa obsesión enfermiza por el ajedrez, el joven adolescente empezó a adquirir manías y excentricidades que pronto encandilaron a la prensa y a los aficionados. Cuando llegó su gran oportunidad de hacerse con el campeonato del mundo, en Islandia ante Spassky en 1972, Fischer estuvo a punto de retirarse la víspera del enfrentamiento porque la televisión islandesa no emitía su programa favorito. Un deporte acostumbrado a jugadores grises y sesudos tenía por fin su enfant terrible, el espectáculo estaba garantizado.
La «partida del siglo», como sigue siendo conocido el duelo Fischer-Spassky, enfrentó al todavía muy joven estadounidense de 29 años y al campeón del mundo y entonces líder de una generación de estrellas del ajedrez entrenados a conciencia por el régimen soviético. El encuentro fue un episodio más de la Guerra Fría en el que los rusos denunciaron que los americanos habían instalado aparatos electromagnéticos en la sala para desorientar a su jugador y el pueblo estadounidense, desde el presidente Nixon a los millones de americanos que no habían jugado jamás al ajedrez, se olvidó por un momento del béisbol para apoyar a su genio.

Fischer decidió aplicar su teoría de que no basta con ganar al oponente; también hay que humillarlo. Mientras Spassky se retiraba a su habitación tras cada movimiento para analizar rodeado de 30 expertos soviéticos su respuesta, el joven ajedrecista estadounidense se marchaba a jugar a los bolos. Desesperado y bloqueado ante los movimientos del «diablo americano», Spassky terminó rindiéndose a su adversario.
Bobby Fischer fue recibido como un héroe en EEUU tras su triunfo en Islandia. La prensa le agasajó, le llovieron contratos millonarios -los rechazó todos- y los famosos y ricos del momento se rifaron una amistad que él despreció. Algunos de ellos, cantantes y actores, pagaron sumas millonarias por recibir lecciones del ídolo. Tras unos meses en los que aseguró no poder soportar por más tiempo a «tanto buitre», el campeón desapareció. Sin más.
Las espantadas del Maestro empezaban a ser ya una parte más de su personalidad. En esta ocasión, sin embargo, Fischer alargó su huida casi tres décadas. La Federación Internacional de Ajedrez le retiró el título de campeón del mundo en 1975 ante sus reiteradas negativas a defender su corona frente a la promesa rusa Anatoly Karpov. Al contrario que otras estrellas jóvenes que no logran asimilar su fama y fortuna, el problema de Fischer nunca fueron las drogas, el alcohol o las mujeres. Su punto débil siempre fue su punto fuerte: su propia cabeza.
El dinero le sobraba, pero lo despreciaba. Una vez se hubo retirado en el mejor momento de su carrera, el vacío dejado por el ajedrez lo ocuparon las lecturas sobre conspiraciones y teorías racistas que, como libros de caballería quijotescos, fueron agravando sus fantasías. «El hombre blanco debería abandonar América e irse de vuelta a Europa, los negros deberían volver al continente africano y el país debería ser devuelto a los indios».«El poder judío quiere dominar el mundo», denuncia. «El ajedrez no es más que una forma de masturbación mental» sentencia el jugador.


Detrás de la compleja personalidad del gigante siempre ha subsistido un inmenso complejo de inferioridad, acentuado por su falta de educación y su incapacidad para hacer nada destacable lejos del tablero de ajedrez. Su paranoia se ha visto agravada en los últimos años por su exilio forzado, y en todas sus declaraciones demuestra la ira irrefrenable que le provoca la imposibilidad de volver a EEUU, donde asegura que le han robado recuerdos históricos y artículos valorados en «cientos de millones de dólares». Una investigación del Atlantic Monthly confirmó que en realidad sus propiedades fueron subastadas después de que se dejara de pagar el alquiler del almacén donde se guardaban.
Los problemas de Fischer con la ley tienen su origen en la partida contra Spassky en 1992, una reedición comercial del duelo por el campeonato del mundo de 1972 que le reportó más de tres millones de dólares en ganancias. El problema fue que no escogió el mejor lugar para disputar el evento. EEUU mantenía por entonces un embargo contra el régimen yugoslavo a causa de la guerra de los Balcanes y, violándolo, el Maestro sabía que se enfrentaba a una posible condena de 10 años de prisión. A pesar de ello, organizó una rueda de prensa poco antes del torneo y, tras romper delante de las cámaras la orden del Gobierno estadounidense prohibiéndole participar, admitió que no había pagado sus impuestos desde 1976 porque no pensaba entregar un solo dólar a un Estado genocida como el americano.
Si alguna vez existió la posibilidad de que los agravios del ídolo caído fueran perdonados, el propio Bobby Fischer se encargó de dinamitarla cuando aplaudió los atentados del 11-S. «Patético», «loco» y «despreciable» son algunos de los títulos con los que sus compatriotas le han descrito en la prensa americana en el último año.  «Nadie le ha dado a EEUU lo que yo, y mirad cómo me lo han pagado, robándome y obligándome a permanecer secuestrado en Japón.», dijo Fischer en otra entrevista.
Sus admiradores, que todavía son un ejército en el mundo del ajedrez, han esperado durante más de tres décadas a que las excentricidades del campeón se apaciguaran y su ídolo volviera a la competición.
La mayoría de ellos desconoce que en realidad Fischer regresó hace ya algún tiempo para demostrar una vez más, desde el anonimato, que sigue siendo el mejor. «Estoy convencido al 99% de que se trata de él», ha asegurado el Gran Maestro británico Nigel Short, derrotado ocho veces seguidas por un supuesto desconocido a través de Internet. Los mejores ajedrecistas del mundo utilizan la Red desde hace algunos años para enfrentarse entre ellos y dar a los aficionados la oportunidad de demostrar sus habilidades en partidas cibernéticas.
Bobby Fischer no ha podido resistir la tentación y desde algún lugar, en Filipinas o Japón, ha desafiado a los campeones de hoy. «En nuestra primera partida empezó con movimientos incomprensibles, algunos de ellos absurdos. A partir de esos errores deliberados para despistar surgieron movimientos de un poder extraordinario. Simplemente me aplastó», recuerda Short que, tras haber estudiado las jugadas de su anónimo oponente, no tiene duda de que se trata de El Genio. No me negaréis que es jugoso argumento para una novela, si no fuese porque hay que ser ajedrecista consumado para no caer en el ridículo de una deficiente documentación.
El ajedrez siguió siendo probablemente lo único que llenaba la vida de aquel niño solitario que sólo quería relacionarse con quienes supieran jugar a su obsesivo entretenimiento. 


Ni el matrimonio ni la paternidad lograron llenar ese hueco: el entorno de Fischer en Filipinas asegura que sólo visitaba a su familia seis o siete veces al año y que pasaba el resto del tiempo viajando a la deriva, buscando emisoras de radio en las que denunciar el complot contra su persona. Su madre y su hermana, con las que había recuperado el contacto tras años de distanciamiento, murieron a finales de los años 90. El maestro ya había dejado de hablarse con todos sus amigos de EEUU, a los que consideraba parte de la conspiración judía para hundirle.
El consuelo que trató de buscar durante algunos años en la secta apocalíptica Iglesia Mundial de Dios terminó en fracaso cuando se dio cuenta de que lo único que querían era sacarle «hasta el último céntimo».
Completamente solo en el mundo, Fischer ha malvivido hasta el pasado 17 de enero  de los derechos de autor de los libros de ajedrez que escribió hace años, incluida la que está considerada como la mejor obra en la historia del juego: “Mis 60 partidas memorables”. Sus intentos de obtener también derechos de autor por la película del director Steve Zaillian En Busca de Bobby Fischer -la lucha interna de un niño prodigio del ajedrez- fracasaron en los juzgados.
El ajedrecista filipino Eugene Torre es una de las pocas personas que mantuvieron contacto con Fischer, de quien dice que es un hombre incomprendido. «Es honrado y honesto, un pedazo de ser humano. ¿Loco? Es un hombre de principios, lo sé porque le conozco desde hace muchos años. Está perfectamente cuerdo, pero sus opiniones son polémicas y hacen que la gente crea que está desequilibrado. Le han hecho mucho daño». 

Bobby Fischer fotografiado por Harri Benson

Es más que probable que este hombre tenga razón. ¿Por qué no? Precisamente esta espiral de soledad, obstinación, talento y orgullo han destinado para  este hombre fabuloso una existencia extraordinaria, donde todo es excesivo. A mí me interesa, me apena y me fascina  la paradoja -nada extraña- de la tragedia interior en que se sume la mente dotada de genio. Lo que no sé dilucidar es su causante: si la propia genialidad o la incomprensión atroz. 


Bobby Fischer fotografiado por Harri Benson

Los silencios del antiguo campeón han sido aprovechados por sus críticos para asegurar que detrás de sus bravuconadas siempre se ha escondido un terrible miedo a perder y que ésa fue la única razón de que nunca defendiera su título de campeón del mundo. Los historiadores del juego recuerdan que, a pesar de su superioridad sobre el resto de jugadores, abandonaba numerosos torneos tras poner sobre la mesa demandas imposibles. (Si, definitivamente, en el Hades, Fischer no encuentra con quién medirse, siempre podrá conversar amargamente con Miguel Ángel, Tchaicovsky, Aníbal, La Callas, Borromini o Pavese).
Fischer siempre ha denunciado que las competiciones internacionales están amañadas y ha creído una estupidez enfrentarse a una máquina, como han hecho otros grandes maestros. (En eso le otorgo mi más ferviente aserción). Por eso creó un nuevo modelo de ajedrez aleatorio en el que el mejor jugador, y no el que más estrategias y movimientos ha memorizado, tiene todas las de ganar. El modelo Fischer se basa en el sorteo de la posición inicial de las piezas en las filas uno y ocho del tablero. El resultado, 960 posiciones de inicio y un número de aperturas infinito que anula la posibilidad de que los jugadores con una memoria excepcional puedan ganar sus partidas como si fueran robots, sin que intervengan grandes estrategias.
El sueño de Fischer era revolucionar el ajedrez moderno y, de paso, hacer un buen negocio. Aunque su modelo ha tenido una buena aceptación entre los aficionados, los grandes torneos han seguido utilizando el método clásico. «Si Bobby Fischer ha sido el mejor es porque logró todos sus triunfos sin los trucos de hoy», asegura su amigo y solitario defensor Eugene Torre.
Incomprendido o loco, Fischer ha pasado la vida escapando de su propia genialidad. En su última intervención radiofónica, en una emisora de Islandia el 27 de enero de 2002, el locutor preguntó al Gran Maestro que quién había sido el más grande entre los grandes: él o Gary Kasparov. 

 
«¿Cómo puedes compararme a mí con un tramposo? Yo nunca he jugado una partida previamente amañada. La mayoría de las victorias de Kasparov, la mayoría digo, han sido amañadas. Yo todo lo he conseguido por méritos propios. No creo que haya muchas personas que puedan decir lo mismo»,respondió.


 El ajedrez, como todo, ha perdido su dosis de romanticismo. De eso pueden dar fe quienes saben verdaderamente qué se cuece en Linares. 
Tablas descaradas. Entre los organizadores se respira frustración. Las partidas del torneo más prestigioso del mundo se estaban desarrollando sin pelea. «¡Órale! ¡Sean gallardos!», clamaban los comentaristas mejicanos (en Méjico el ajedrez es pasión). Pero los jugadores son profesionales. Juegan 200 partidas al año. Cobran bien. No como una estrella del tenis o el baloncesto, pero pueden vivir desahogadamente. Hay que hacer caja. Y la estrategia generalizada consiste en firmar empates cautelosos, sumar medio puntito por aquí, otro medio por allá, y sólo cuando se vislumbra una posición muy ventajosa o un descuido del rival, atacar sin miramientos. El alcalde de Linares plantea que se penalicen las tablas y algunos hablan de multar la falta de combatividad.
Fischer perdió el norte hace tiempo. Fuera del tablero, sus lagunas culturales eran palmarias. Vestía como un leñador de Dakota: camisa de franela y gorro con orejeras.


Para que no lo llamasen cazurro se compró 17 trajes y los iba rotando. Tenía un coeficiente intelectual de 184 (el de Einstein era de 185, la media es 100), pero cosechaba un carro de suspensos.
Fischer forjó en los torneos su leyenda de pirado en un mundo donde las excentricidades están a la orden del día. Se quejaba de que los rivales lo desconcentraban con sonidos de alta frecuencia que sólo él y los delfines pueden oír. Pedía fuertes sumas de dinero por competir, pero luego se dejaba fajos de dólares olvidados en las habitaciones de los hoteles. «Los ajedrecistas profesionales le deben a Fischer poder ganarse la vida, pues antes de que llegara él no cobraban, seguían teniendo la consideración de juglares medievales para divertir al rey», explica Arturo Xicotencatl. Fischer tenía otra manía: nunca colocaba el rey en la casilla F4 porque es una variante que estudiaron ajedrecistas judíos. Además, sufría miedo patológico a perder. Se enroló en una secta apocalíptica. El líder del culto le sacó miles de dólares en donaciones. A cambio, le proporcionó un jet privado y un buen número de siervas dispuestas a abrirse de piernas. Fischer aún era virgen con 32 años. Arruinado, abandonó la secta en 1977. Vestía como un mendigo. Se alojaba en moteles infectos. Su paranoia se acentuaba. Sospechaba que espías disfrazados de camareras le envenenaban el café. Como antídoto, ingería píldoras con esencia de serpiente de cascabel. Acudió a un dentista para que le arrancase todos los empastes; temía portar algún micrófono oculto.
Fischer es un caso extremo, pero las manías, supersticiones y rarezas afectan a casi todos los jugadores de élite sometidos a la tensión de los torneos. En Linares, Kasparov ocultaba entre bastidores una tableta de chocolate de una marca rusa cuyo nombre significa `inspiración´, que devoraba en grandes cantidades. Siempre pedía el mismo menú: consomé, salmón, solomillo, tónica y té. Y todos los años exigía la misma almohada y tazas del desayuno. Dicen que las personas que llevan una vida tan nómada y estresante se sienten reconfortadas si tienen a su alrededor objetos que resulten familiares y tratan de cumplir con una serie de rutinas. Su número favorito es el 13. Nació el 13 de abril y fue el 13 campeón mundial. Tenía la costumbre de solicitar en los hoteles una habitación cuyo número acabase en esos dígitos de mal agüero. Una petición difícil de satisfacer, pues en muchos establecimientos se saltan este guarismo al numerar las habitaciones.
El ruso Anatoly Karpov tiene otra superstición: no cambiarse de traje en un torneo mientras no pierda. «Primero, uno tiene que ganarle una partida, y entonces él ya se preocupará de la higiene», protestó el suizo Victor Korschnoi, alias El Terrible, que se quejaba de que era un suplicio soportar el juego embrolladísimo y milimétrico de Karpov y sus efluvios corporales durante horas. Otro maniático era Alexander Alekhine, que siempre tenía a su lado a un gato siamés que olisqueaba las piezas. El holandés Jan Timman explica la raíz íntima de estas extravagancias: «Cuando el ajedrez se convierte en tu profesión, pierdes el equilibrio social y te encuentras a merced de todo tipo de factores aleatorios». Sólo así se explica el comportamiento del indio Viswanathan Anand, conocido como El Yogui, que viaja con su esposa a los torneos. Anand suele ser encantador y de trato sencillo, a no ser que la víspera de una partida le insinúen cuál sería su reacción si pierde, como hizo un periodista en Linares. Incapaz de ser descortés, se despidió y luego utilizó a su mujer como embajadora para cortar todo tipo de relación diplomática con el medio. «Olvídense de la entrevista.» Por lo menos, Anand no lleva una vida cuasi monástica, como otros ajedrecistas con tendencia a la misoginia. También Boris Gelfand viaja con su novia. El bielorruso vive en una galaxia tan alejada de los mundanales asuntos cotidianos que es ella la que se encarga de ponerle la servilleta, cortarle el bistec y darle la sopa. (Manda huevos). El ucraniano Ivanchuk no le va a la zaga: llega tarde a todas partes: al desayuno, a la cena, a la partida… Con su analista, el mexicano León Hoyos, convertido en su chico de los recados (va a la farmacia a por pastillas para la garganta y vitaminas), examina la víspera de cada enfrentamiento todas las partidas que ha jugado su rival durante el último año.
En Linares todavía se recuerda a cierto jugador que salió de su dormitorio en calzoncillos, tan concentrado en la inminente partida que olvidó ponerse los pantalones. Y el padre del estadounidense Gata Kamksy amenazó de muerte al británico Nigel Short, acusándolo de hablar a su hijo cuando ambos estaban jugando (lo cual está prohibido). Short le recriminaba a su rival que tosiera y se sonara las narices sin decoro. Por la noche terminaron ambos en comisaría.
"Enroque" de  Lautaro Fiszman
La excéntrica personalidad de Fischer se ha relacionado en no pocas ocasiones con supuestos trastornos mentales. El “genio volátil”, como se le definió en una de sus biografías, cultivó tantos defensores como detractores desde el mismo momento en que irrumpió en el estrellato del mundo del ajedrez. Sus declaraciones polémicas y mal carácter son casi tan legendarios como su talento. “Bobby es una personalidad trágica. Me di cuenta de ello enseguida. Es honesto, de buena naturaleza y con un elevado sentido de la justicia, pero es una personalidad completamente antisocial. Es alguien que ha hecho prácticamente todo en contra de sí mismo”, explicó en su día Spassky, el talento ruso –luego nacionalizado francés– al que se midió Fischer en el histórico duelo.

El destino de cada hombre se forja a menudo con pinceladas de sarcasmo. Un ejército de admiradores sentía su pecho temblar de bestial envidia ante aquellas acciones fulminantes, impredecibles, de perfección asombrosa. Yo no llegaba a tanto; simplemente me podía la curiosidad.
Perdido sin remisión entre el blanco y negro, cuánto más fácil le hubiese sido la vida no lidiando con  reinas y caballos sin patas.
Pero... ¿ a quién culpar de la desdicha?. Nunca se sabe qué puede pasar cuando algo se deposita en las manos de un niño. (Ni siquiera un inocuo tablero de ajedrez).

Sit tibi terra levis, Fischer.

 

sábado, 3 de diciembre de 2011

HAN LLAMADO DEL HOTEL METROPOLE...







Han llamado del hotel Metropole... 









     El miércoles llamaron. Era de la mismísima dirección del hotel.
     No recuerdo si dijo Luigi... sí, Luigi Bassadine. Querían que estuviera al tanto  de las novedades sobre el asunto de la reclamación por la lamentable pérdida de parte de mi equipaje. Creí que la cuestión hacía tiempo estaba cerrado. Ya asumí, a regañadientes,  el revés de la contingencia. Pero me daba razón de una lista de valijas en su día dadas por, definitivamente, perdidas, puestas a disposición de los clientes que ahora pudieran demostrar ser sus legítimos dueños. Estuvo amable; escueto pero servicial. Con una especie de alborozo contenido me describió el variopinto muestrario de bártulos en consigna que aún, nadie, había requerido. 
     Bien. Ahí podrían estar los que con tanto denuedo he intentado rescatar. 
     Volvió a pedirme datos acerca de su extravío, la fecha: sobre el ocho de junio de 2010. El número de habitación, la hora de partida... el catálogo de enseres y su aproximado valor... Yo le fui contestando con prudente frialdad. A distancia es difícil discriminar lo que más se echa en falta. Quizá se obvian pertenencias imprescindibles que lo son en un instante, y en el siguiente dejan de serlo. Es complejo recitar el memorándum exacto de la necesidad, o de la añoranza.
     Sentí un vuelco de esperanzada alegría y un cierto chispazo de incredulidad. No  concebía a ningún Piero, Francesco ni Luigi avivándome la posibilidad de recobrar el bagaje que debió quedar allí, varado frente a La Laguna. Y al colgar, reconozco que el acento del signore Bassadine me soliviantó.
     Quizá haya que volver a la Riva Degli Schiavoni 4149. También lamenté mucho que se me olvidara sentarme en alguno de los bancos que miran a la Isola di San Giorgio Maggiore, y que están reservados para exclusivo solaz de los huéspedes del hotel (aunque de hecho puede disfrutar del enclave cualquier paseante, obedeciendo al único requisito de que desee hacerlo).
     Quizá sea verdad que, al cabo, vuelva junto a la Chiesa della Pietà a olfatear el fantasma fabuloso de Vivaldi. 
     Quizá me esperen los gondoleros indolentes del Cavalletto & Doge Orseolo. Quién sabe...
     ¿Volver?
     ¿Es posible?
     ¿Aún?









     ¿Podría ser?
     No contaba con ello. Era una posibilidad remota.
     Creí que aquellas maletas reposaban ya en el fondo del Gran Canal. Que su precioso contenido se había ido a pique, entre  pilotes de madera y verdín.
     Y que el lodo veneciano las había atrapado, irremediablemente.


     (Confieso que, también en lo más profundo y oscuro de mi alma, no me parecía un mal final.  No hubiese podido escoger sepultura más admirable. Y casi las sentía corroerse en esdrújula decadencia, a la par que el aliento álgido de Longhena).




     Pero Luigi Bassadine me ha asegurado que han encontrado un sinfín de efectos personales.
     Y yo quiero recuperarlos.



¡Dios, aunque haya que volver a Venecia!






viernes, 30 de septiembre de 2011

ACTUALIDAD

Este texto me sugiere esta musica...

 A C T U A L I D A D




Alessandro Scarlatti
 "Totus Amores Languens"

Hoy, a 30 de septiembre de 2011,
el azar, vía multimedia, me muestra el mundo.





Prensa de hoy, miscelánea:

-Una actriz tiene que ser escoltada en un avión por besar a otra chica

-Muere el poeta valenciano Salvador Iborra apuñalado en una pelea en Barcelona

-El rey de Arabia Saudí revoca los latigazos a la mujer condenada por conducir

-Una madre mata a sus dos hijos ahogándoles en el domicilio familiar en Jaén

-El cómic "Tintín en el Congo" se enfrenta a un juicio por racismo en Bélgica

-El agresor de la mujer embarazada es un indigente con antecedentes por malos tratos

-Eugenia Martínez de Irujo juega a ser top model

-El parlamento canadiense retoca el escote demasiado sexy de una política

-España quedará lejos del objetivo

-Creado el primer "videojuego" para practicar Fecundación In Vitro

-Un juez impide que una represa expulse a 50.000 indígenas del Amazonas

-Michelle Obama, de compras en el supermercado









Beato sillón

¡Beato sillón! La casa
corrobora su presencia
con la vaga intermitencia
de su invocación en masa
a la memoria. No pasa
nada. Los ojos no ven,
saben.
El mundo está bien
hecho. El instante lo exalta
a marea, de tan alta,
de tan alta, sin vaivén.
J.Guillén

Ay, don Jorge, don Jorge,
tanto buscar la poesía pura...
y la cagó.




Enlaces de todas los titulares recogidos. Si pinchas se cortará el lamento de  Scalatti, puedes esperar a que termine si alguna de ellas te ha interesado; no busques la de la mujer de la foto y su pequeño hijo cadáver: no es noticia.

Una actriz tiene que ser escoltada en un avión por besar a otra chica
Muere el poeta valenciano Salvador Iborra apuñalado en una pelea en Barcelona
El Rey de Arabia Saudí revoca los latigazos a la mujer condenada por conducir
Una madre mata a sus dos hijos ahogándoles en el domicilio familiar en Jaén
El cómic 'Tintín en el Congo' se enfrenta a un juicio por racismo en Bélgica
El agresor de la mujer embarazada es un indigente con antecedentes por malos tratos
Eugenia Martínez de Irujo juega a ser top model
El Parlamento canadiense retoca el escote demasiado sexy de una política
España quedará lejos del objetivo
Creado el primer 'videojuego' para practicar Fecundación In Vitro
Un juez impide que una represa expulse a 50.000 indígenas del Amazonas
Michelle Obama, de compras en el supermercado


martes, 20 de septiembre de 2011

" De cómo el mulo se aunó a Don Román en la muerte y en la Vida Eterna." Fragmento perteneciente a "Juliana Mattei"


Esta es la música que me sugiere este texto.


José Menese
Tientos
"Le pido a mi Dios y lo llamo" 






"De cómo el mulo se aunó a Don Román en la muerte y en la Vida Eterna" 





Ocurrió que Juan Manuel, apodado “El pelao” compró un mulo, que se había quedado ciego y no servía en el campo, para carne. Tenía tratos con cierto matarife, que vendía en salmuera el mulo por caballo y como caballo lo cobraba. Pero al poco rato de marcha el animal, que desconocía el camino, se salió de la vereda y vino a caerse por un pequeño terraplén. Debió partirse el espinazo pues quedó inmóvil de los remos. 

“El Pelao”, que era mezquino hasta la náusea, montó en cólera al ver que la miserable ganancia se pudriría al solano en aquella zanja y escupiendo blasfemias comenzó a apalear al pobre inválido. Acertaron a pasar por allí los mozalbetes del pueblo, que se desperdigaban hacia sus casas y se contagiaron de la saña de Juan Manuel, con lo que cada cual comenzó a dar rienda suelta a su barbarie, el uno tirándole piedras, los otros azotándolo con improvisadas vardascas. Entre los chavales se encontraba Damián, el hijo del también Damián, dueño del mulo hasta aquella misma mañana. Bien por mayor sensibilidad o porque desde chico se había criado compartiendo con él las moscas y muchas veces se había ahorrado fatigas a su lomo, el chiquillo quiso evitar aquel festín de brutalidad, primero increpando, luego luchando a brazo partido, y por último interponiéndose entre el desventurado cuadrúpedo y la paroxística chusmilla. En seguida lo descalabraron y echó a correr llorando, tapándose la brecha con una mano. 

A don Román, que departía con las señoras camareras de la Hermandad del Santo Entierro, advertido por lo escandaloso de la sangre y por las explicaciones entrecortadas del niño, le faltó tiempo para arremangarse la sotana y encaminarse hasta el lugar con las formidables zancadas que le permitían sus largas piernas. 

Fotografía de M. Cascales

Al poco, con los aspavientos de las mujeres que comenzaron a difundir lo que se erigió como verdadero acontecimiento, un enjambre de criaturas siguió sus pasos hasta llegar al lugar del suceso.
Don Román, congestionado por la agitada caminata y la rabia, arrebató una cañilla a uno de los zangolotinos y comenzó a azotar traseros a diestro y siniestro, hasta reprender a “El Pelao”, que cegado de ira se encaró con el cura. Tuvieron una agria discusión, mientras don Román, con la fuerza de su robusto brazo, asía por la muñeca al otro, que bajo la presión hacía oscilar el garrote.
-¡Me cago yo en los curas del carajo que se salen de sus rezos y sus asuntos, que el mulo es mío y hago con él lo que me pete! ¡Y ojo... porque no me refrenan a mí los hábitos, por menos que debajo de ellos no se encuentren dos cojones!
-Donde no se encuentran es pegados a tu culo, porque hay que ser muy cabrón, muy bajuno y muy cobarde para dar de palos a un animal quebrado.
Sopesaría, el tal Juan Manuel, que no era apropiado calentar en demasía al cura, que ya hablaba de un cabrón y dos cojones hasta en presencia de las cofrades, 
y que si se terciaba una tanda de puñetazos él iba a salir malparado, así que aflojando la mano y dejando caer el palo al suelo le escupió con desdén:
-Usted al Santo Entierro, pater, que es lo suyo.
-Y al Santo Entierro vengo, hijodeputa, que en este mulo hay más Dios que en ti lo ha habido nunca.
Con aquellas palabras, Román Sancho Fernández, acababa de firmar su propia sentencia.
El hecho dio que hablar durante semanas y semanas no sólo a todo el pueblo, sino a los de todas las pedanías cercanas.
En algunos cafetines el cura le partió el bastón al pobre gañán en la cabeza. En otros el mulo, tras la bendición del cura, milagrosamente, se enderezó. Al cura se le soltó la lengua y se cagó en la Virgen. El cura, no tuvo mejor cosa que hacer que darle una pedrada a un chavea. El cura hizo escarnio público de un bracero porque compró un mulo cojo. Todo el pueblo se fue con el cura a sacar a un caballo de una acequia porque el niño de los Gómez-Tapia iba a dar una recompensa a quién lo hiciera. El cura repartió la recompensa entre los parroquianos. El cura se llevó la recompensa y se fue a la capital, Dios sabe a gastárselo en qué.
Porque Don Román sí fue a la capital; llamado por el Señor Obispo.
Nada quiso saber Su Ilustrísima de caballos, acequias, gañanes ni brechas. 

Lo que al obispo le alarmó, por lo que pidió explicaciones fue por: “Qué disparate es eso de mezclar el Santo Entierro con un mulo. Y qué es eso de que en el mulo más habita Dios que en un cristiano”.

Paréceme que en el cielo hay corderos, que con su banderín y su escudo representan al Santísimo
y que además son bien amados de la Divina Pastora,
y que San Roque habrá obtenido salvoconducto para su perro. 

¿No acompaña el león a San Marcos, 


el toro a Lucas 
 
y la rapaz a Juan?


¿no es hablar de Jonás y hablar de la ballena? 
Brueghel el Viejo

¿y no es mayor extravagancia que un dragón con alas y escamas escolte a San Jorge?


Don Román, que detestaba los remilgos... ¿tendrá su bestia celestial en aquel desgraciado mulo?

 A la postre ambos vinieron a morir en una cuneta de la misma vereda.



 Salió el padre Sancho del Palacio Episcopal cabizbajo y desolado. 



Con la cerviz gacha, humillada por la coroza del hereje. Pecando de malos pensamientos, por no haberle roto la boca al rufián con su puño y al obispo con sus razones. 

Y, puesto que en la capital estaba, pecó además de soledad y fe endeble, al despojarse de sus vestiduras y entrar en una tabernucha de barrio

para dar cuenta de sus muchas dudas y desengaños a tres jarras de tintorro, a palo seco. 
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