“Aquí no pasa nada increíble. Sólo lo de siempre”. Aunque lo de siempre sea feroz. Aunque lo increíble sea la propia vida, con su dolor y su impotencia. Con su ignorancia y su esperanza. Nada nuevo, retiario, tú eso lo deberías saber.

A veces nos dejamos llevar, pese a nuestra irritación y nuestra resistencia, de una histeria sentimental; caemos en el paroxismo, en la exaltación extrema. Y nos enamoramos de alguien o de algo; de un poema, de un gesto, de una voz, de unos ojos aislados... mismamente de una escultura... de un olor que relacionamos con algo remoto... quizá sólo buscamos una querencia, aquel hueco de infancia en el que los recuerdos no son lo suficientemente nítidos.

Ya sabemos, gladiador, que ni siquiera es fiable nuestra propia memoria...

miércoles, 31 de agosto de 2011

Las bondades del mus



Lost Odissey:

 March to War   -  Fire Avobe The Battle  - Gangara´s Plot   -  The Capital of Uhra -  Battlefield 
                       
                    
    
LAS BONDADES DEL MUS

 Venía anunciándome su visita de manera más o menos formal. Algo así como: "Este tipo va a ser de los que crean problemas". Pero eso no es un mirlo blanco, a veces puede suceder después de dejar el envío finiquitado. Además, pensándolo bien tampoco éste había sido de los peor parados.
Error de cálculo, porque el hombre es un poco testarudo y ya no se para en mientes. Creía conocerlo, pero siempre existe el factor sorpresa.
Llegó entrada la noche y sin muchos ambages me espetó con la necesidad de la charla y de la urgencia, de forma educada, eso sí, pero con una determinación que enseguida evalué como muy poco propicia a darle un rápido carpetazo.

-Disculpa que llegue a estas horas- dijo tras un elemental saludo.
-No te preocupes, el horario ya sabes que nunca ha sido nuestro problema.
-Sin duda me reconoces, creo.
-Naturalmente; tu ropaje, tu aspecto, tu modo de hablar... no poseo un elenco tan amplio como puedes suponer.  No tengo tantas gentes antiguas en mi haber. Y si resulta de tu agrado te puedo saludar en toda regla.
Hizo un gesto dubitativo que me inclinó a pensar que sí.

 
-Ave, Lucius Aelius Ruga, me honra que visites mi casa.
Me levanté de la cama y procedí a escanciarle un vaso de vino; a duras penas pudo reprimir espurrearlo.
-Muy fuerte ¿no?
-No, no, está delicioso- mintió.



-Las cosas han cambiado un poco por aquí. No demasiado, también es cierto... y el vino, está sometido a un proceso químico al que, desde luego, no estás acostumbrado. Pero bueno... es obvio que no te has reunido conmigo para hablar de vino.
Una vez debidamente acomodados en el sofá del salón procedimos a entrar en materia.
-En principio, señora, no sé si es habitual este tipo de audiencias.
-No- me apresuré a responder con una sonrisa.
-Puedo imaginarlo, y no creas... le he dado muchas vueltas antes de aparecer.
-Bueno, hombre, en cualquier caso no me disgusta en absoluto. Además, acceder a tu aspecto físico me entusiasma sobremanera. Siempre es mucho más explícito que la mera ideación.
-Me alegra oírte decir eso.
-Pero tú dirás.
-Es un tanto complicado abordar este tema... no sé si alguna vez te habrán venido con cuestiones semejantes.
-No sé qué cuestión pretendes abordar, aunque en principio no. No es habitual pero, al grano, Ruga. Mañana hay que madrugar.
-Sí, entiendo que estés ocupada. Que mi caso está más que cerrado. Que yo ya pertenezca al pasado.
-Siempre has pertenecido al pasado, querido amigo- bromeé.
-Bueno, tú sabes a qué me refiero. No se trata que naciera en el siglo I  después de Cristo. A decir verdad ese dato no quedó muy claro.
-Era irrelevante para la narración.
-Ya. Bien, supongo que consideras... “irrelevantes” igualmente una serie de factores... en eso, precisamente se basa mi discrepancia y, si me lo permites, mi motivo de queja.
-Ajá... has venido a quejarte pues.
-Sí. No quisiera ser abrupto, pero también sabes que soy... digamos un tanto práctico y decidido.
- Hombre, no en balde eres ciudadano del Imperio.
Emitió una rápida risita y asintió.
-Tampoco quiero que entiendas que esto es un acto de insumisión, ni de litigio en toda regla... no, por supuesto que no. Como buen... ciudadano del Imperio también sé acatar la disciplina.
-Reminiscencias de tus tiempos de milicia.
-No vamos a perder el tiempo en esos detalles.
-Claro, a mí... ¡qué me vas a contar!
-Significa el hecho de que haya venido a departir contigo a que, posiblemente, aún se puedan arreglar las cosas.
Me incliné en el sofá y le miré con atención.
-Me tienes en ascuas.
-Bueno... creo que a estas alturas te resulto absolutamente transparente... y sin duda, una mujer como tú ya adivina de qué se trata...
-Especifica, por favor. Una mujer como yo es muy proclive a equivocarse.
-Pues, directamente, claramente, sencillamente no estoy nada satisfecho con el trabajo que has realizado en lo tocante a mí.
-¡No me digas!
-Entiéndeme... te agradezco sobremanera que me hayas otorgado cultura, inteligencia, fortuna...
-Una personalidad interesante, valor, atractivo... - añadí.
-Sí, sí, por supuesto. Lo reconozco y lo agradezco inmensamente, es lo primero que te he dicho.
-¿Entonces?
-Entonces el motivo de mi profundo desagrado se resume en que no me parece justo el trato recibido.
Inspiré ruidosamente con cierto fastidio.
-Mira Ruga, vamos a dejarnos de rodeos. ¿Te has vuelto un disidente después de todo?
-Pues llámalo como gustes pero te repito que no me parece de recibo cómo has zanjado la cuestión de mi vida. Para ser exactos de la vida de Naifa. No se juega así con los sentimientos de la gente... aunque sean de ficción.
-Vamos a ver... la verdad es que puedo entenderte. También a mí me causan tristeza estas cosas pero... ¿qué quieres que haga?
-¿Qué qué quiero que hagas? ¡Precisamente que reconsideres lo que has hecho!. Si las cosas han transcurrido así es precisamente a causa de tu voluntad.
-Hey, hey, un momento. De mi voluntad no. Yo simplemente me he limitado a recoger tu historia.
-¿Mi historia? ¿Y qué historia tenía yo antes de que tú encendieras el ordenador?
-No lo sé. No me marees. Las vidas transcurren como transcurren y punto. Yo no soy dios.
-Me honra tanta humildad, señora mía, pero para mí tú eres más divina que el mismísimo Júpiter.
-¿Es un halago?- me animé a servirme yo también una copa de Rioja.
-Por cuanto que Júpiter no ha movido un solo dedo en lo concerniente a mi persona mientras que tú has puesto en marcha tu sesera para ponerme y quitarme del mundo a tu antojo. Y te agradecería, por otra parte, evitaras en lo posible ese tono sarcástico que, perdóname si no es así, detecto.
-Ay, Ruga, Ruga... ¡con lo que yo te aprecio! Sí, discúlpame... es que tiendo al coqueteo verbal, incluso contigo, pero por favor, por nada del mundo creas que no te tomo en consideración.
-Así lo creo, al igual que el firme convencimiento de tu buena voluntad. También yo te profeso estima y admiración. Por eso te inoportuno con esta vista intempestiva.
-No, hombre, no... mi casa es tu casa... al cabo entre estas paredes naciste.
-¿No me parió mi madre en Roma entonces? ¿En qué quedamos? Si todo lo que viví, que además me largaste la gracia de la longevidad, transcurrió, como dices entre estas paredes... ¿a qué hacerme dar tumbos por Britannia, África, Gades o Carthago Nova...? ¡menudas paredes las tuyas...!
-Es una forma de hablar.
-Concedo. Lo que menos me importa son las formas; habla, escribe y puntúa como te plazca. Lo que ya sí me importa es el “qué” y el “cómo”. Todo está bien y no tengo yo que enjuiciar ni calibrar. La reconsideración que espero es a propósito de la muerte. Como buen aprendiz de dios, la has repartido a tu capricho.
-No, hombre, no... no hables así.
-¡A tu capricho! Porque aún no me he repuesto... ¡de la preñez a la oración fúnebre en un folio!
Le hice un gesto de conformidad.
-Y a los tres días de salir de Ostia... con un golpe de naufragio fulminas a toda una familia.
-Joder, Lucius, de sobras sabes que la gente se moría como rosquillas, igual que ahora, vamos. Y que en vez de pegarte una piña en la autopista antes la gente se iba al fondo del mar.
-Que las formas no me importan, querida, te lo he dicho ya.
-Esto es absurdo...
-Creo que, al fin al cabo, me debes una satisfacción.
-¿Yo?
-Por supuesto. Antes de que naciera en Roma, en Etruria o en el barrio éste tuyo andabas mustia, loca por hincarle el diente a algo o a alguien. Ese alguien, esta vez fui yo.
-¿Y tengo que darte las gracias?
-Al menos disimular esa arrogancia, y... sí, mostrarte agradecida. Me debes horas de diversión, de apasionamiento, de lo que tú quieras... incluso de mi mano has aprendido cuestiones específicas que de otro modo no...
-Ruga. No procede.
-¿Que no procede? ¿de cuándo te has embebido en tanto Derecho Romano, costumbres agrarias y la flora y la fauna del lugar? ¡si hasta te he paseado por los morteros hidráulicos y los tratados de Vitrubio!
-¡Venga ya!- interrumpí comenzando a malhumorarme- ¡Si tú dormías mientras yo rastreaba documentación! He tratado de hacer de ti un personaje coherente, no un fantoche.¿Hubieras preferido que te hubiese construido una ambientación ridícula? 

-Me debes bastante, reconócelo. Y dentro de ese débito vengo a por lo que me pertenece: la vida de la que iba a ser mi mujer. 


-Las historias son como son.
-Las historias son como son, es cierto, pero tus historias son como tú quieres que sean.
-En eso te equivocas. Yo no tenía puñetera idea de que al final te ibas a enamorar de verdad... ni siquiera sabía si te ibas a despeñar tanto subir y bajar por el monte, o si tu esclavo el larguirucho terminaría por largarse a lomos del caballo. ¡Yo qué iba a saber! Igual se te podía haber quemado la villa, o haberle puesto los cuernos a Quintus con la noble Munatia...
-No voy a discutir contigo. Como comprenderás no he hecho el esfuerzo ímprobo de venir hasta aquí para marcharme con buenas palabras. Con buenas palabras me has despachado cuando has puesto el punto final. Esto tiene que tener una solución. Yo la ignoro, al fin de cuentas sólo soy el personaje. Así que tú verás.





-Sí, veo que es tarde y que estoy otra vez enfrascada con mi imaginación. Todo esto se debe a la falta de reposo. Estoy muy cansada, tú no te lo imaginas, pero dar carpetazo a lo vuestro a razón de robarle horas al sueño durante una semana me agota. Tengo hasta dificultades para articular palabras, falta de concentración. Y todo se arregla descansando. Me acuesto, Ruga. Buenas noches.
-Pues no van a ser buenas; como no las fueron las de ayer ni anteayer. Me voy a instalar en tu cabeza y te voy a hacer soñar. No te gustan las pesadillas... a nadie le gustan. A mí tampoco me gusta un pelo todo lo que me ha pasado.
-¿Pero qué te ha pasado, demonios? Te podías haber muerto desangrado si Adrasthos no entra por casualidad.
-Sí, el hijo de la gran puta... ese griego metomentodo... como si fuera fácil decidirse a abrirse la venas. ¡Y llega cuando no tenía que llegar!
-¿Lo ves? Pasó porque así estaba escrito.
-¡No! ¡No me manipules de nuevo! ¡Porque así lo estabas escribiendo tú!
-Entonces no te quejes de lo que te ha pasado en la vida, sino de la vida misma. Lo que no puedes pretender es tener una existencia maravillosa. Eso ya en tus tiempos se sabía, amigo mío. Este rollo, tanto el de la ficción como el real, tiene sus claroscuros.
-Sí, y el mío la que lo vas a aclarar eres tú. Me lo debes. Me lo debes, ya te lo he dicho. Me has querido ¿cierto? ¿qué ha pasado después? Nos has querido a todos, pero has terminado despreciándonos, has jugado con nosotros, nos hemos prestado a tus pamplinas... te hemos rescatado de tu vida miserable, supongo que tan vacía de todo que la tienes que rellenar a costa de gente de nuestra clase.
-¡No tengo por qué consentirte que te me subas a las barbas de esta manera! Por muy ingeniero, equites o leches que seas...
-Te hemos divertido como bufones dejándonos el aliento y la piel ¡y te has reído! Cuando ni siquiera ha llegado a ver el mosaico. ¡Cuando ni siquiera ha tenido la oportunidad de gozar de ver libre a su hijo...!
-Ya te he dicho que morir es el riesgo de vivir. Esas reglas no las he inventado yo.
- No cometas el error de creer que conoces todas las facetas de mí. 
-Mira tío, no me vengas con embelecos. Bastante me ha fatigado escribir lo tuyo contrarreloj.
-Pues no hagas cosas que excedan a tu capacidad.
-¿Pero quién te figuras que eres? así me pagas que no te hubiera dejado en el limbo de la ideas? Una idea no es nada, que te enteres. Tú, y todo lo demás será una bazofia, pero hace tiempo me enseñaron que una bazofia es más que una idea genial.
-Mil veces hubiera preferido que te hubieras entretenido en barrer o fregar.
-¡Esto es el colmo! Venga hombre, sólo faltaría que fueras tú quien me dijera qué tengo que hacer!
-Es que eso es inocuo
-Y teclear también.
-¿Ah sí? ¿inocuo para quién? Te has equivocado de vocal: es inicuo lo que deberías decir.
-Tú no eres nadie, a fin de cuentas.
-¿No? ¿Y qué sabrás tú? ¿qué sabréis tú y los de tu calaña? Tampoco los hombres reales son nada y sin embargo... ¿no sufrís?
-Mira, de verdad... lo lamento todo mucho. Muchísimo. Me apena no sabes cuánto verte así. Eres un personaje magnífico. Si... ¡si es que hasta me gustas!... Pero es que ya no puedo hacer nada ¿sabes? ¡en serio que no puedo hacer nada! Ya no puedo escribir otro final.
-Muchas novelas tienen dos finales.
-Sí. Pero entonces.... ¡coño, Ruga, haber venido antes! Ahora ya es tarde.
-¿Antes? ¿Cuánto antes? Terminaste a las cinco de la mañana y al día siguiente ya estabas poniendo los sellos y enviando “urgente” porque siempre lo echas cuando quedan dos días para que expire el plazo. ¡A saber cuántas cosas llegarán a deshora!
-Te lo he repetido cien veces: siempre escribo bajo presión. Eso no importa. Lo que hay es que ya no puedo alterar nada. Si pudiera alterar estaría alterando léxico, giros y frases indefinidamente. ¡Ruga, leche, alguna vez hay que poner el punto y final!
-Bien. Vale, entiendo lo que dices. Pero a buen seguro que había finales igual de estupendos sin tener que quemar en la pira a la pobre, encima con el recochineo inaudito de vestirla de novia, que hay que tener valor.
-Mira, esas cosas enternecen mucho. Esas cosas gustan. A veces es la frontera entre ganar o no. A mí también me repugna un poco. Pero ¡no tengo por qué darte tantas explicaciones! La cosa fue así y sanseacabó.
-Porque tú quieres.
-Porque ya está enviado.
-Retira el texto.
-¿Retirarlo? ¡tú deliras!
-¿Qué pasa si lo reconsideras y escribes a esa gente?
-Que no opto a nada. ¿Te parece igual? Además, creí que a los personajes os gustaban también los lectores. ¿Prefieres que os meta en cualquiera de las cajas que duermen el sueño eterno debajo de mi cama?
-Todo por el dinero... qué asco... qué asco... qué asco...
-No, Ruga. Por el dinero no. Lo que se iba a despachar en tres folios se multiplicó por diez. Tú sabrás por qué hiciste crecer esa historia, que no era ni la tuya. Porque en principio era la vida de Primus. Pero no, el señor, que es un vanidoso taimado fue metiéndose, a codazo limpio, como un suavón. Para terminar siendo el protagonista.
-El único que ha salido de rositas en todo el relato es el niño de las narices.
-Pues es que algunos tienen mucha suerte, otros ninguna y el resto regular. Y con esto terminamos ¿sabes?
-Eso es. Dame barlovento, por segunda  vez.
-Pues ea, qué le vamos a hacer. Además estás muy pedante con eso de venir a verme con ínfulas de creatura importante.
-Creatura desde luego, importante ya te lo he dicho: según para quién. Y lo que no me puedes negar es la originalidad de materializarme aquí.
-¿La originalidad? Ay, no me hagas reír ¿ves? Eso es lo que tiene ser del siglo de Maricastaña. No eres original ni mucho menos. Lo tuyo es bastante normal. Ya habló el protagonista de Niebla con Unamuno. Con la diferencia de que yo no soy Unamuno. Yo soy una aficionadilla, conque figúrate tú.
-Ya sabía yo que esta conversación no podía salir bien.
-¡Si es que es improcedente, hombre! Además... ¿por qué vas a tener tú más derechos que nadie? ¿qué diría el pobre britano que se ha pasado todo el texto sin decir palabra? ¿qué diría el padre del niño, que de puro insignificante no se sabe ni quién es? ¿y tu hijita, que el angelito no aprendió ni a declinar?
-Pués tú verás. Porque no pienso largarme hasta que le demos una solución. Porque vamos...  porque vamos... dejarme con la miel en los labios...
-Joer, Ruga, que lo siento, de verdad
-Hay que tener cinismo y desfachatez.
-Que no. Que te lo juro.Que yo estaba tan ilusionada como tú!
-Y un cuerno. Para eso... coño, haberme dejado suicidado.
-Pero bueno... ¿no disfrutaste el resto de tu vida?
-Pues mira... disfrutar, disfrutar pues no. Porque esa es otra... más castrado que Attis...
-Ah, ¡acabáramos, que el berrinche estriba en el fornicio escaso...!
-Eres igual que todos los dioses. Egoísta, miserable, terca, cruel...
-Hay que aceptar un no. No estás acostumbrado, eso es lo que te pasa. Mandabas en los campamentos, mandabas cuando los diques y el arsenal, te revolviste cuando Munatia te plantó cara. Ruga, que pasas la cincuentena: que todo no se puede conseguir. Y ya te estás yendo, te estás interponiendo con otras gentes que ya rondan por mi cabeza. Tú tiempo ha pasado, como pasa el de todos. Y te insisto: yo no soy nadie: tú menos que nadie.


-Pues nada. Yo, un nadie, jodo a otro nadie y todo queda entre los dos. Bueno entre los dos según, porque pienso darte por culo de manera infatigable. Ya verás tú cómo se descojona el psiquiatra ese al que vas.
-Qué pena, hombre, con el buen latín que hablabas... qué pronto has aprendido el peor castellano...
-Vas a arrepentirte, señora, voy a aplastarte. Como me has aplastado a mí. Y no estoy solo. ¿Te acuerdas del oboe Carlo Spardona? También tiene sus motivos de rencor. Y de Clara no digamos. Ni te imaginas lo que Clara ha ido amasando por ti en estos años de reclusión. Y la Paqui del merendero, que viene a pedirte cuentas, de su malvivir y de los malos tratos. Y no te digo Ana, la madre de David, después de que convirtieras a su hijito del alma en un criminal. Porque no has sido buena, señora... te has portado mal...

No está mintiendo. Siento un fuerte empujón de manos de quien creo identificar como Álvaro, furioso personaje humillado por su mujer a lo largo de cincuenta folios. 
Dibujo de Justin Meyers

Era un cobarde, pero ahora me asusta la ira de sus ojos. También detecto a la gaucha, descompuesta, gritándome improperios por la muerte de su recién nacido.











-Estás loco... me has engañado todo este tiempo... tantos folios tratando contigo y eres un desequilibrado... estás mal, Ruga, ahora caigo, ni incubatio ni carajas... estás loco de atar... ¡y ahora mismo te largas y te llevas contigo a toda esta gente! ¿ves pedazo de imbécil? ¡ya me has hecho llorar! Porque esto no me lo esperaba. Y si tú querías a Naifa, yo la quería más. Yo la conozco desde que comenzó a crecer por allí, mucho, muchísimo antes de que tú llegaras. Me he equivocado contigo. Yo también te he querido. ¿Por qué lo estropeas todo? ¿Por qué?

-Bueno, bueno- me dice el hombre con chaleco reflectante -Venga, tranquila, que esto no va a doler.
Un par de tipos que no relaciono con relato alguno, surgidos de la nada, me sujetan y me pinchan en el antebrazo.
Ruga, sentado en el sillón, es testigo de todas las maniobras; también lo pasa mal. Se rebulle, se levanta y me mira con expresión angustiada. Es tontería, si en el fondo me quiere. Como lo quiero yo a él. Mira que discutir... a estas alturas...

Uno de los hombres, alto y moreno habla por un móvil.

-Sí...  la llevamos para allá... sí, alucinaciones... Del doctor Munárriz. Sí. El doce del mes pasado... sí... también... urgencia psiquiátrica. Sí, parece ser... Otro brote... Hasta ahora. Venga, adiós. Vamos para allá.

-¿Alcohol, cannabis, algún medicamento?
Alguien le contestaba a todo. No sé. Allí estaban nuestras copas vacías.
 Ruga menea la cabeza apesadumbrado.
Yo quisiera abrazarlo, sé que lo pasa mal.

-Eres un cabrón- le digo dulcemente, sollozando, mientras me sujetan de los hombros y vamos saliendo al rellano de la escalera.

Uno de los hombres me está apretando mucho y me lastima. El alto y moreno, el más guapo, le indica que no me sujete tan fuerte, que todo va bien. Que no opongo resistencia. Oigo llorar a Ruga y el ruido del ascensor.
Entramos. Ruga se queda tras el cristalillo. Parece que me pide perdón. Pero volverá, ya lo creo que volverá... ¡si lo conoceré yo! Es como esos maltratadores que te besan y te cruzan la cara.
El ascensor va por el diez. Nueve. Ocho. Siete...



-¿Y cual es el desencadenante? –pregunta el tipo normal al guapo.
-Psch... la familia dice que se pone así después de hincharse de escribir...
-¿Puede pasar eso?
-Hombre... hay que tener cierta predisposición.

Aunque se cree que no lo veo, con el rabillo del ojo detecto su índice girando apoyado en la sien.


-Coño... pues ya son ganas... ¡Con lo bonito que es el mus! 





***


lunes, 22 de agosto de 2011

VEINTIDÓS DE AGOSTO





PAVANE. Gabriel Fauré.
"22 de Agosto" Retrato en sanguina. 
Premio V Certamen Nacional de Dibujo   Felipe Orlando. 
Autora: Elvira Domínguez Fernández.


22 de agosto

¿Que por qué, me preguntas? ¿Acaso no lo recuerdas? ¿Habrás podido olvidar la fecha de la impecable armonía?

Sesteabas en la penumbra del cuarto, sobre las sábanas frescas. Succionando sueños de tu viejo chupete rosa, aquel remedo tierno y deformado de pezón con regusto a caucho tibio. El asidero al hábito; el que te hacía dormir.

 A las cuatro de la tarde, mientras la radio, remota, anunciaba remedios a plazos, espectáculos con primicia y canciones inaudibles - las de aquel verano-.

El mestizo de grizly y clow barato doblegaba su cachorrez y apenas respiraba, sometiéndote la pelambre sintética y sucia, su olor a manoseo azucarado y tardes de paseo arrastrado por el jardín.

¿Es posible que no te acuerdes? Ese veintidós de agosto cumplías, exquisita, uno de los tantos hitos de la vida. Acatabas con absoluta exactitud tu obligación.

Otros, a su vez, cumplían su deber con perfección semejante …

La gata Mamarrayas estaba pariendo, en su escondrijo de hojas secas de palmera, entre la umbría  del pasadizo trasero, allí, donde destila siempre el bidón antiguo, el misterioso percutor  que hidrata la porción de piel de la madre tierra, nutricia de la enredadera que se expande en campanillas violáceas.

Tú te ajustabas en ese instante a la conjunción de los planetas, de las hormigas, de las moléculas… de los pichones asilvestrados que se lanzaban piando al  paroxismo de los primeros vuelos.

Después del "emblanco" de lenguado y el postre de un (melotocón, decías)  dulce -muy molidito, muy molidito-. Con tu peto tricolor y la babilla de la inconsciencia, derramando la gracia de tus pasos tostados y la fragancia a celulosa seca.

A la vez se urdía, a trasmano, algún feroz decreto ley. A la vez se maquinaba algún sangriento atentado. A la vez, en la playa, explosionaban besos inéditos y romances como crestas de olas bonancibles, a la vez estallaba, rechinando sílice, el espumerío bárbaro e incontenible de la violenta carnalidad.

Mamarrayas, también tricolor, se comía las placentas y transportaba con delicadeza el bocado del cuerpecillo ciego de Cararratón, como antes hiciera con Salvaje, como antes hiciera con Simba, como antes hiciera con Jopoquebrao. Porque la dócil Mamarrayas, con matemática precisión, cada año maullaba por los arriates y luego cortaba algún cordón umbilical. Ofertando, insistente, la inocencia de los sin alma a los dioses del designio inútil. Carnes de veneno. Dictamen de eutanasia extranjera en aras de evitar hipótesis de agonía atroz. Salvo que los espasmos del veneno eran la más pura evidencia de la atrocidad.

Las estrellas seguían, neurasténicas, moviéndose sin rumbo, invisibles, en el cielo azul. Y la higuera se empeñaba en maquillarse de cobalto, estirando su copa cada vez más, enferma de vanidad. Acogiendo, contradictoria, salamanquesas durmientes y mirlos descarados.

Cuando una miríada de criaturas aún esperaba nacer. Y cuando otra miríada de criaturas aún no esperaba morir.

Se abría, puntual, alguna rosa, antepasada de aquellas que tapizaron la tumba de la perra Tinta. Cuando ni siquiera la  madre de la perra Tinta había nacido, cuando quizá la bisabuela de la perra Tinta se ocupaba de parir, como Mamarrayas, la discreta felina de vocación doméstica, sin otro techo que el refugio del reseco vestigio de palmeral.

Tú dormitabas, rumiando las nuevas imágenes de tu infancia. Los monstruos encantadores y los héroes que castigaban con la ausencia de sonrisas.

Morena y honda como un mirabrás. Profunda y cálida como un adagietto. Dulce y dejada como una pavana  (mismamente nuestra Pavana de Fauré).

En un establo de cartón, la escuadra multicolor de ponys se acicalaba las crines color esmeralda y se juraba -¡Salvad a mi amigo!- en un crescendo de femeniles relinchos, letanías de lealtad.

Hecha olor, carne, palabra y lunarcillos la ternura misma nos daba, cada mañana, un beso de buenos días teñido de café. Y nosotros, tan humanos, tan miserablemente humanos…ni sabíamos de aquel prodigio.

 La Ítaca negra y fiel, en su eterno candor animal, corría su "derby" y se golpeaba las tibias contra el pesebre duro, donde germinaba, vehemente, un indisciplinado ejército de esporádicas vincas.

Muy al alba, aún entre las sombras, desfilaban por el césped los fantasmas de otros perros. Y no se sabe si por timoratos o amables, aun les movían el rabo a los perros fantasmas del porvenir.

A las cuatro de la tarde, mientras algún torturado inventaba lo que, en verdad, nunca supo. Mientras un paria, anteayer canalla, con casco de camuflaje, sucumbía al fuego amigo y una mujer, en vano, se protegía de la puñalada familiar. Y nadie se hacía eco; y nadie se hacía cruces. Certeras carnes de veneno, como los gatos que mamaban desaforados de las ubres miserables de la buena de Mamarrayas. Mientras las muelas y la depresión incidían en que es cierto… son muy malas las calores.

En la hora sexta, las madres se amodorraban bajo las sombrillas y los críos, furtivos, se iban metiendo en el mar, burlándose de los tiburones blancos del cine y de los cortes de digestión.

Tú te ausentabas de tus balbuceos, de tus rabietas y tus mohínes. Haciendo chasquear la lengua entre aquellos diminutos incisivos que con tanta avaricia hurtó con nocturnidad y alevosía un ratón de apellido vulgar. Total, para dejarlos reposar en una caja de caudales…

El sol castigaba las nucas de los peones de la obra cercana y las sábanas recién tendidas. En la carretera, la noria y el tren de la Bruja viajaban de pueblo en pueblo, vagón por  vagón, de caravana en caravana. Y un celacanto con escamas de purpurina rosa, y ojos de delirium tremens se mofaba del repartidor de cervezas de la furgoneta de atrás.

Tú soñabas y movías los dedos de los pies. El peluche tuerto, para no incordiar, se hacía el dormido. Porque en tus coletas, que olían a sal marina y a colonia infantil a granel y en tus párpados como almendrillas crecientes, latía completo,  aquel manifiesto panteísta.

Y yo te miraba.

Me pensaba Ceres. Cuando de todo me otorgaba el poder de protegerte. Y soñar, como diosa, que siempre me pertenecerías.

Era un día de aquellos. Cuando la ausencia de angustia. Cuando la dicha, inasible y  fugaz.

Luego del sopor nada nos pertenece. Tú tampoco te pertenecerás por completo ya.

¿Que cuándo fluyó tal plenitud?

No sé… un día de aquellos…

Pon que quizá fuese un veintidós de agosto.

 

                                                                                        

                                                        A julio de 2004




miércoles, 23 de marzo de 2011

R E I N A

Segundo Premio del XXI Certamen Literario "Álvarez Tendero"



R E I N A


(Gnossienne nº 3. Erik Satie)

Yo nunca leía los horóscopos porque alguien me había comentado cómo se confeccionaban y porque aunque empezara desde Aries para llegar a Piscis cualquier contingencia tenía que ver –igual que la letra de las canciones- con mi vida o con mis expectativas. Aquello de “el amor está cerca” o “ una novedad va a irrumpir en su existencia”... ¿a quién no le venía como anillo al dedo?.
Yo nunca leía los horóscopos y sí las ofertas de trabajo. Cada vez con mayor desgana, con mayor tristeza casi teñida de autocompasión. Porque jamás lograría vivir de aquella carrera tan hermosa, tan de letras, tan difícil... encontraba más belleza en Jenofonte que en los gráficos de Microsoft... y la prosodia, en este siglo, parecía absolutamente inútil. 

Debí haber nacido en el anterior, cuando aún se respetaban las leyes de la hospitalidad, y se daba culto a los mitos y un aroma neoclásico impregnaba las glorietas cursilonas de los parques y los niños, nada más mudar los dientes, conjugaban aoristos. Pero entonces, y eso también era un importante matiz, debería haber nacido hombre. De cualquier modo no creía en la astrología ni era aficionada a la página de pasatiempos porque el tiempo se me pasaba solo, sin tener que rellenarlo con las siete diferencias ni aguzar la vista intentando condimentar la sopa de letras. Ya tenía en mi cabeza mi propia ensalada de letras, y era tan caótica que se mezclaban en ella una lánguida gamma con el último recibo de la comunidad.
Había concertado una entrevista en la empresa de telemárketing. No les parecí mal. Y me habían citado para el siguiente lunes. Soy muy modesta, pero he de reconocer que tengo una bonita voz. Tendría su importancia, eso pensaba, un tanto ingenuamente, ya que de lo que se trataba era de promocionar un tratamiento “antiedad” y ser convincente con el listado de señoras de acreditada madurez en mi mano. Vendería mucho. Siquiera por demostrar que podía vencer aquella especie de estigma con el que me señalaban y que me lastraba con la sempiterna etiqueta de ser poco práctica.
Cada mañana acudía a impartir mi clase particular a un chiquillo que se había fracturado las piernas en plena travesura y que no podía asistir a clase porque en el colegio no había ascensor y sólo acceder a él ya era suficiente odisea para los profesores entrados en carnes, puesto que el portón principal estaba exactamente a doscientos veintiséis escalones, en una acrópolis, perdón, en una especie de promontorio quiero decir, que había quedado dominando la autovía.
Al pequeño desesperado tenía que mantenerlo al día con la lengua y la literatura, pero él se aburría y su única pretensión era que las horas transcurrieran rápidamente y que las corazas de escayola repletas de firmas y dibujos japoneses quedaran para siempre en el hospital.
El jueves vi el cartel.
Nada más salir del portal. Pegado con cinta adhesiva al buzón de correos.

“Se ha perdido una perrita que atiende por Reina. Es pequeña, blanca, dócil y muy cariñosa. Ve mal. Por favor, si la encuentra pase por el nº4 de la calle Salazar”.
El letrero estaba situado a baja altura, sin embargo los caracteres, aun siendo claros y en letra de imprenta, evidenciaban un trazo temblón y en las mayúsculas un remate un tanto caligráfico. “O un niño o un anciano -pensé- qué propio... se le habrán quitado las ganas de comer. Y no hará más que gimotear, mirando por la ventana. Dando vueltas en la cama y sufriendo al imaginarse a Reina deambulando para pasar la noche enroscándose en cualquier rincón”.
El nº 4 estaba a diez casas de la mía. Igual hasta me había tropezado con la perrilla y su amo infinidad de veces; pero no lo recordaba. Entonces tuve la certeza de que yo la iba a encontrar. Que atravesaría el nº 4 para dar una alegría a su dueño. No prometían recompensa. Sí, quizá era un anciano. Quizá el anciano aún creía en un mundo que se alimentaba de buena gente y buena voluntad. Quizá para el anciano era obvio que si alguien la reconocía correría con ella en brazos hasta llamar a su puerta. Quizá simplemente el anciano no podía recompensar más que con unas lágrimas de gratitud y una caja de galletas surtidas.
Lo cierto es que a la vuelta di un largo paseo buscando a Reina con la ilusión de poner término a  la inquietud del humano y  la pesadilla del animal.

 La llamé por el jardín público y por los callejones de los alrededores. La busqué por la avenida en obras –si veía mal podía haberse caído en una zanja- y por las cercanías de la arboleda. Miraba a un lado y a otro, sin ser muy consciente de que la buscaba. Hasta que me fui a casa del mal humor sin saber por qué, aunque era evidente. Hice exactamente igual el viernes, el sábado y el domingo.
El lunes me arreglé con esmero para causar buena impresión en el presunto trabajo, a ellos tanto les daría, total, para vender por teléfono... Nada más salir me topé otra vez con el letrero, que se me tornaba cada vez más ansioso, más urgente. Crucé la calle y me dirigí a la parada del autobús.
 Esperaba en la cola cuando la vi. En la plazoleta. Merodeaba moviendo el rabo en torno a unos obreros que desliaban el bocadillo. Era pequeña, blanca... y sin duda muy dócil. El autobús llegaba... pero yo ya no subí a él. 
“¡Reina! ¡Reina!- la llamaba excitada mientras me iba acercando. El pobre animal me esperó, como si me conociera de toda la vida, como si no hubiese nunca hecho otra cosa que esperarme. Rebusqué en mi bolso; sólo tenía un caramelo y se lo ofrecí. Se lo llevó entre los dientes sin vacilar. Me acuclillé a su lado y le rasqué la cabeza mientras le buscaba el collar, pero no tenía. Me movía el rabo alegremente y se dejaba hacer. Así que cuando creí que le inspiraba suficiente confianza la tomé en brazos, a lo que su cuerpecillo opuso una leve resistencia. Me sentía tan satisfecha que ni reparé en el autobús, que hacía rato se había marchado sin mí, como sin mí transcurría la hora de la entrevista con la nueva cosmética del milenio.
Cuando llamé al nº4 estaba intentando establecer la equivalencia del número aproximado de botes de crema que hubiera tenido que colocar para sentir una plenitud semejante. Abrió una mujer que respondía con bastante exactitud a mis hipótesis; tendría sobre setenta y muchos si no ochenta y pocos. Era menuda y al quedarnos frente a frente, con expresión algo sorprendida, subrayó intensamente su silencio con un vaivén descontrolado de cabeza.

-¡La encontré!. Buenas noticias, señora, le traigo a Reina. ¡La he encontrado!

-Pase usted, hija, pase...

Cerró la puerta y me invitó a sentarme en un pequeño sofá. Yo instaba a Reina a saludar a su ama. Pero aquel encuentro emocionante, pese a mis expectativas y mi impaciencia, no se produjo.

-¡Vamos, Reina, qué no se diga!. ¡ Saluda a tu ama, lo preocupada que habrá estado por ti!

-Pero...

-Es aquí ¿no? ¿no se le había a usted extraviado una perrita?

-Sí...- afirmaba, aunque el movimiento su cabeza era pura negación- sí.... pero no es ésta... ésta no es...

-¿Cómo?



-Se parece... algo. Pero no es.




Noté un mazazo de desilusión. Un mazazo que casi se tornaba audible en forma de risotada, como si una voz malévola y burlona, entre carcajadas, me llamase idiota.

-Siéntese...- me insistía la anciana- lamento que se haya tomado la molestia de venir hasta aquí... ¡qué más hubiese querido yo que ésta hubiese sido Reina!... como es usted muy joven la voy a tutear. Ahora iba a tomar un poquito de café ¿quieres una taza?

De repente me sentí inútil y como mi ya amigo Prometeo, sostenía el peso de mis tontas ensoñaciones sobre mis espaldas. Se me venían a la cabeza los slogans de la pomada antiarrugas y la entradilla con que supuestamente había que abordar con éxito los prolegómenos de la venta telefónica. Le dije a la pobre señora que no, que me iba, que tenía prisa -siempre se tiene, en estos casos-, pero a cada excusa me iba encaminando hacia la cocina y cuando el café molido, por culpa del Parkinson, espolvoreaba la encimera, me descubrí a mí misma llenando la cafetera, mientras la falsa reina, la corriente callejera desvergonzada, trataba de rebuscar algo comestible en el cubo de la basura.
Tomé el café con doña Julia en unas pequeñas tacitas de china que yo misma, según sus indicaciones, saqué de la vitrina. Mientras sus manos huesudas temblaban y temblaban. Y temblaba su cuello y su cabeza, y temblaba su voz.

-Hoy estoy muy mal... no sé qué me pasa... pero hoy estoy incapaz.
Me sorprendí siendo consolada de mi decepción; como si tal fuese para mí más palpable que para ella misma. Me sorprendí triste y autodiagnosticándome debilidad para combatir en el circo en el que me había tocado combatir –tengo deformación con la historia antigua y razono a base de metáforas- a fin de cuentas el mundo cuyos resortes mejor conozco.... dioses, gladiadores,  héroes y mitos... .Poco tenía que ver nada de lo que me rodeaba con todo eso. Era, sencillamente, una tonta buena persona y por lo tanto... una condenada a ahogarme en un mar tan proceloso como la vida.
Doña Julia, a todo esto, intentaba agasajarme como a un niño pequeño. Hasta con peladillas.
Así que me atrapó.
Me conmoví hasta la médula en aquella casa modesta y ordenada que proclamaba decadencia y soledad. Olía a humedad, a ese poco trasiego de quietud y vejez, una especie de impregnación en la madera a sopicaldo triste y ropa sin renovar. Doña Julia no tenía televisor ni asistenta. También la escasez se puede oler. Un tufo a acomodación venida a menos, a recontar en la cartilla la pensión insuficiente. Poco sol y algunos objetos exquisitos, defendidos con uñas y dientes, en el estante recóndito de un mueble proclamando hitos de décadas pasadas. Claves de nostalgia inmóvil, intraducibles y cómplices. Sencillos y entrañables en sus misterios. Arcanos en el transcurso del tiempo.
Allí pasé la tarde, sosteniendo aquella añosa mirada azul donde aún latía la intensidad. Tanto que, al volver a notar el fresco de la calle, levemente contagiada, a todo decía un insistente no con el gesto. Al salir me llevaba a la inocente impostora, a la reina destronada desde sus orígenes, que delataba la imposibilidad de ser la que podía haber sido, con el continuo movimiento agradecido de su rabo. A la verdadera Reina, con días, se lo cortaron y su alegría era la oscilación rápida y nerviosa de un muñón. Cuando entré en mi casa yo misma olía a recuerdo añejo, a ternuras intermitentes y ansiosa interrogación. Llegué con la perra a cuestas, liberada de vender juventud mentirosa, extractos placentarios para retomar la vanidad. Aquella noche dormí con Dido, que también era reina aunque de otro país -a mí me gustan los mitos-. Dido a mis pies y Doña Julia sobre mis ojos, instalada, con aquel desquiciante temblor, en mi cabeza.

Al día siguiente paseé por enfrente de su casa y la adiviné tras las persianas. Desvaída y silente. Aguardando un timbrazo y la compañía perdida. Al cabo de tres días no resistí la tentación de entrar a preguntarle si había novedad. Merendamos de nuevo juntas. Y sospeché que no había comido. Se lo di a entender con cautela.
-Me baila hasta el estómago... -murmuró en tono de disculpa. Y un poco después me confesó que evitaba trajinar con el fuego. Que estaba torpe de movimientos y temía provocar un incendio. Que no confiaba en su memoria. Que qué pena.... que todo el día callada o dándose y quitándose la razón. Que qué ironía... venir a encontrarse a solas con su consciencia cuando su consciencia ya no era de fiar.
Doña Julia tenía un acento cálido e indeterminado, un cuerpo pequeño y una tez clara, salpicada de manchas oscuras, el deterioro de los años, pero destellaba en ella un vago vestigio de la mujer hermosa y distinguida que, sin duda había sido; sus rasgos finos y la intensidad de su mirada así lo proclamaban, con una particular sonrisa, serena y acogedora que me sugería la pervivencia de una capacidad de soñar... soñar aún. Yo le preguntaba por Reina, y ella me respondía interesándose por Dido, como si la ausencia de su única compañera no le estuviera produciendo la inquietud y la zozobra que yo esperaba. Conversaba temblorosa y pausadamente, construyendo las frases de modo cuidado, con un vocabulario matizado y culto. Cuando regresé a casa no conseguía desprenderme de su magnetismo, y deseaba saber de su pasado y de su soledad.



No sé cómo se fue adentrando en mi vida ni de qué forma un domingo por la mañana me sorprendí dejando todos mis planes para presentarme en su casa con una ollita para almorzar juntas las dos. Se azoró como si la embargara una vergonzosa indecisión, pero cuando extendió un mantel antiguo con vainicas  tenía una expresión tan gozosa, tan gozosa, que no podía ser verdad. Comió con un relativo apetito bajo mi mirada atenta, mientras me comentaba anécdotas y yo paseaba mi vista por las fotografías distribuidas por la casa. Me atraía sobre todo una, un primer plano de un muchacho de ojos grisáceos, pelo ensortijado y sonrisa perfecta.

-Mi hijo- explicó alargándome el marco.

-Qué guapo, Doña Julia... -elogié con sinceridad- estará usted orgullosa.

-El mejor hijo del mundo. Tierno, sensible, inteligente, voluntarioso... mi amor. El mejor hijo que una madre pudiese aspirar a tener...

No quise interrumpir su pugna por evitar las lágrimas, pero interiormente me indignaba que tan maravilloso hijo no se ocupara de ella algo más. No me permitió seguir con mis injustas elucubraciones: Luis, así se llamaba, el mayor. Un accidente estúpido truncó su vida cuando comenzaba una carrera brillante como concertista. Un algo tan absurdo, tan inconcebible... tan inexplicable como un resbalón en el baño. “Para volverse loca, hija... para volverse loca- me repetía una y otra vez- La pena más grande que se pueda imaginar...”
Terminamos con las manos enlazadas, apuntándonos mutuamente retazos de esperanza salpicados de confidencias. Mi talante casi grotesco de puro ingenuo... sus años de rumiar músicas queridas y tonos de voz ya inexistentes... mi mediocridad flagrante... su resignación a desaparecer sin dejar a nadie atrás... mi lastre de hipersensibilidad inútil...
La ollita volvió a viajar de mi casa a la suya casi a diario. Después del paseo a Dido invariablemente terminaba allí. Al principio, porque una especie de irrefrenable compasión me hacía creer que aquella vieja dolorida y dulce que se extinguía sabiamente a golpe de temblores inconexos, sepultada en un desierto de afecto... ante  la indiferencia de todo un planeta... me necesitaba. Muy pronto porque comprendí cuánto, cuánto la necesitaba yo. Su fuerza, su apoyo, su energía cuando me hacía sentir especial y valiosa... cuando me hacía reconocer cuánto ignoraba acerca de mí misma, de lo que no me consentiría renegar.
 Arrugada y empequeñecida... era a veces el motor de mi voluntad. Se me hizo imprescindible; su comprensión, sus opiniones certeras... sus consejos, que eran una brújula inestimable.
Descubrí  que la quería una mañana, cuando me enfadé por haber puesto sal en el cocido, y me llamé estúpida porque la sal a Doña Julia no le convenía. Descubrí, al poner el acento en la u, que lo del horóscopo era cierto, que el amor estaba cerca. A diez casas. Supe que la quería. Que la quería mucho. Que sus palabras me importaban, que su dolor me causaba dolor, que necesitaba saber que  me esperaba y que, cuando al marcharme le abrigaba las piernas con una manta de viaje, sus ojos azules me seguían con una paz inexplicable y yo me henchía de bienestar.
A los pocos meses de nuestra extraña amistad Doña Julia sufrió una angina de pecho. Vi la U.C.I. móvil desde mi ventana y me sobresalté. Corrí por la acera presa de nefastos  presentimientos. No hacía falta ser una maga.



La acompañé en la ambulancia hasta el hospital, viendo languidecer sus ojos en su palidez de mater dolorosa envejecida.
Pero ganó la batalla; frágilmente, provisionalmente.
Estuvo en el hospital bastantes días. Yo me separaba de ella lo imprescindible. Le leía, le contaba episodios hilarantes de mi vida que la hiciesen sonreír... vigilaba que cumpliese las prescripciones médicas... pero doña Julia era una magnífica paciente. Jamás protestaba, jamás molestaba... se pasaba el rato rogándome que la excusara por abusar.
Siempre que me hablaba de su hijo el músico se refería a “el mayor”, por lo que deduje que había tenido más hijos, de los que sin embargo no me habló, si bien aludía a varios nombres propios muy familiares. Luego se quedaba silenciosa y parecía debatirse en hondas reflexiones, hasta que se fatigaba, encogiéndose de hombros, como disculpando a quien fuese o lo que fuese. Yo adivinaba alguna historia difícil de explicar. A través de nuestras charlas supe que su marido había sido periodista e incluso alcanzó una cierta fama en la provincia. Gozaron de una posición desahogada y bastante relevancia social. Las tertulias de su casa eran célebres, y participaban en ellas literatos locales y músicos. La música había sido siempre su gran pasión. Pero ni de su viudedad ni de sus otros hijos me habló. Así es que cuando el médico preguntaba por los familiares siempre me miraba a mí. Y yo terminé por recibir las explicaciones y aventurar líneas de actuación para cuando le diesen el alta. A la postre terminé haciéndome cargo de la situación. Volvió a casa en una silla de ruedas y yo me instalé en su cuarto, en una cama portátil que aquella misma tarde me apresuré a comprar en un hiper, incapaz de dejarla a su suerte, cuando la vida, tan rica, tan plena de intensidades y emociones se le escapaba discreta y silenciosamente, como en consonancia con su persona. El cardiólogo, en el pasillo, me advirtió de lo precario de su estado. Su corazón no aguantaría mucho más. Yo lo escuchaba con la espalda apoyada en la pared, mientras los sollozos se agolpaban en mi garganta y mis dedos rompían en mil pedacitos un pañuelo de papel.

-¿Llegará a su cumpleaños?-le pregunté esperanzada.

-¿Cuándo es?

-A finales del mes que viene.

El hombre se quitó las gafas y las limpió en el filo de la bata, en una maniobra inconsciente para no mirarme al fondo de los ojos.

-No lo sé.



Pero sí lo sabía.
Adelanté su regalo de cumpleaños. Un regalo que a mí me ilusionaba más que nada en el mundo. Algo que yo había minuciosamente preparado, ideado a raíz de las charlas pausadas a lo largo de las cuales ella me había ido contando cómo uno de los momentos más inolvidables de su vida se produjo cuando cumplió cincuenta años. Su marido le regaló una joya exquisita y para agasajarla preparó la actuación de un quinteto de cuerda, compañeros de su hijo, con la intención de que interpretasen especialmente  para ella el Concierto nº6 de Arcángelo Corelli, el preferido de Julia, por ser el que tocaron un lejano  día de Navidad, cuando se conocieron. Una contingencia impidió que los músicos llegaran, por lo que Julia se quedó sin la segunda parte de su regalo. Cosa que siempre lamentó.

-Doña Julia, muchas felicidades por su cumpleaños.

-No es hoy, preciosa... aún falta un mes.

-¡Qué cabeza la mía! ¿cómo he podido confundirme?

Yo estaba nerviosa ante la perspectiva de darle aquella sorpresa. A media tarde llegó el quinteto. Muy jovencillos, alumnos del Conservatorio. Los había esperado a la salida de las clases y les propuse una actuación. Cobraban diez mil por persona. Yo no sabía cómo, pero estaba dispuesta a pagar. Sugerí mi idea y se rieron. ¿Un concierto a plazos?. El viola incluso dijo que sin mediar dinero y el violonchelo se sumó. Se ablandaron y llegamos a un acuerdo: la mitad. 


Se distribuyeron por el salón y allí conduje a doña Julia que empezó a aplaudir débilmente, mirándolos y mirándome luego mí, con los ojos brillantes de entusiasmo. Sonaron las notas de Corelli, especialmente para ella. Yo me salí de la habitación. No podía compartir su regalo. Y además me traicionaban mis sentimientos. Los muchachos se portaron extraordinariamente y cuando se marcharon Julia se abrazó a mí, temblando de emoción, dándome las gracias con una alegría absoluta, confesándome que era feliz, feliz, feliz.
A los cuatro días murió. Dormida. Acaso diría que aún la embargaba la felicidad, si es que alguna muerte pudiese sobrevenir en ese estado de pura entelequia. ¿Lo precipitó mi imprudencia al someterla a aquella intensidad?. Tengo mi conciencia en paz. Prefiero creer que tuvo lo que le pertenecía. La oportunidad de sentirse vital, extraordinariamente vital y única... cuando ya apenas restaban bazas.
Me ocupé de todo. Fue sorprendentemente rápido o yo no tuve tiempo de aceptar que aquella aventura terminaba. Después de tantos años de compartir la misma calle ignorando nuestra mutua existencia para llegar tan tarde, tan irrecuperablemente tarde. Me sumergí en un estado de paradójico vacío, un contraste nuevo, entre la satisfacción y el desencanto. Entre la tristeza y una desconocida serenidad. Luego, una vecina me hirió como suelen herir los necios; con patrañas y vulgaridad. Sonriendo como me figuro deben sonreír los espíritus  maléficos, oscilantes entre la mezquindad y la envidia.



-Al final todo tiene su recompensa ¿no crees?... bregar con la pobre vieja que no estaba buena de la cabeza... pero mira por dónde sabías lo que te hacías... me ha dicho un pajarito que la casa te la deja a ti.

Yo enmudecí. Temiendo por un instante que fuese cierto. Que la hermosura se pudiese contaminar. Horrorizada de que doña Julia, en algún momento, hubiese podido sospechar un solo atisbo de interés.
Cuando días después llamaron a la puerta de mi casa, al abrir me quedé sin aliento:Luis, el hijo muerto, acudía desde el mismísimo Hades a entrevistarse conmigo. Algo envejecido, con menos pelo y un poco más gordo que en la foto. Fue tal mi conmoción que él debió notarlo. 
 Le hice pasar, mientras Dido lo olisqueaba, sin aullar, que es lo que se supone que un perro debe hacer frente a un fantasma.

-Usted... usted... el hijo de doña Julia... usted... ¡no ha muerto!

Y se sonrió. Se sonrió como disculpándose por no haber muerto, por no ser el hijo de la difunta, por no ser pianista, por haber estado de viaje durante todo el mes anterior...
Había sido un antiguo alumno de doña Julia, cuando ésta era la temible catedrática de instituto que llevó por la calle de la amargura a generaciones enteras de estudiantes. Era abogado, había mantenido un estrecho contacto con ella y venía a aclararme algunos términos de la carta que ella misma le había hecho llegar.
 Doña Julia, ciertamente, no tenía herederos. Toda su vida permaneció soltera. Y la casa que supuestamente me transmitía, sencillamente no me la podía legar puesto que su permanencia en ella se debía al puntual pago de una renta antigua. El dueño se había ofrecido incluso a sufragar los gastos de una residencia, pero ella se había negado arguyendo la esperanza de conocer aún a gentes que mantuviesen su ilusión. Doña Julia no tenía nada, nada en propiedad. Nada, salvo su corazón y los hilvanes de sus recuerdos, alterados por la enfermedad. Luis... su alumno predilecto... su hijo de algún modo. Quizá a él lo amaba más que a ningún otro. La confusión del amor.
Nos fuimos juntos a comer. A él le había contado que tenía noticias de su única nieta. Lucía se llamaba, como yo. Que era dulce y discreta. Que vivía en Argentina, en un rancho modesto y era feliz. Que esperaba pronto fotos y cartas. Que se casó allí muy joven y muy enamorada, y su alma era luminosa y grande como el paisaje de la Pampa. Que estaba lejos pero era feliz.
Hablamos sin cesar. Sintiéndonos sobrecogidos por constituir los retazos de amor de aquella mente distorsionada, que nos sabía propios y lejanos. Cercanos y ajenos.
Le conté cómo la conocí. Y cómo me apenaba que el hecho de que Reina nunca apareciera. Luis me sonrió. Fue a decirme algo pero se llevo la copa a los labios y bebió lentamente entornando los ojos.

-¿Qué me ibas a decir?- le pregunté.

-Nada... nada. No tiene importancia- evitaba mis ojos.

-Estoy segura de que sí...-insistí.

-Bueno... -esbozó  un gesto de duda y al final me sostuvo la mirada tan profunda,  tan cómplice, tan  sugerente.

-¿Sí? -le animé a continuar.

-Doña Julia jamás tuvo perro.



Abrí la boca y no pronuncié nada. Guardamos silencio. Yo estaba a punto de llorar. Pero no era decepción sino una especie de extraña alegría, de emocionado alivio.

-No se llamaba Reina ni de ningún otro modo. No la tenía, por tanto no se perdió y tú no  pudiste  dar con ella. Creo que recogiste a otra... pero fueron las  puras ganas de que lo que querías ocurriera... hasta le encontraste parecido... Julia pegó carteles por el barrio. No había ningún número de teléfono en ellos, pero ella estaba absolutamente segura de que alguien llamaría a su puerta. Por descontado que era un pretexto. Alguien que captara la magia de esa llamada. Alguien que supiera oír con el corazón. No le interesaba cualquiera, doña Julia tenía sus métodos. Siempre fue una mujer muy intensa, de una enorme personalidad. Doña Julia era muy especial, sólo le interesaba la gente muy especial. Como tú.

-Y como tú -le interrumpí.

-Posiblemente deseaba que nos conociéramos. Por eso me encargó que, a su muerte, te entregara en mano algo muy preciado para ella... -rebuscó en un bolsillo y me extendió un pequeño objeto junto con un sobrecito cerrado- quería que fuese para ti... me dejó tu dirección. Quería, estoy seguro, que mantuviésemos esta conversación.

Abrí la cajita y encontré el legado material de doña Julia. Algo de lo que jamás, jamás me podré desprender.
Era una miniatura en oro blanco, una montura antigua. Un perro de factura extraordinaria. Circundaba el cuello una filigrana de collar en brillantes, los ojos dos esmeraldas, una de ellas algo opaca –acaso por eso Reina no veía bien-. La boca la formaba un diminuto rubí.
Rasgué el sobre, reconociendo de inmediato la temblorosa letra de la anciana, seguramente escrito en una de las muchas ráfagas de lucidez que le sobrevendrían.

“Te busca ésta, que atiende por Reina. Es pequeña y blanca. Dócil y muy cariñosa. Ve mal pero tiene un increíble olfato; tan bueno que ha sabido seguir tu pista y traerte a mí. Gracias por haber llamado al nº 4 de la calle Salazar. Yo estaba impaciente, porque aunque no te conocía te esperaba. Eres mejor aún de lo que soñé. Te quiero y te querré. Julia.”

Lo observé largamente. Conteniendo todo el alud de sensaciones que se agitaba en mi interior. En el reverso tenía una inscripción grabada que se me antojó íntima y secreta:

” A Julia, mi amor, en su 50 cumpleaños”.

Luis me apretó la mano y yo apreté la mía en torno a aquel objeto precioso, tan cálido y vivo como la piel del animal que tanto imaginé. Casi respiraba.
Seguramente era de naturaleza mágica.

Algunas naturalezas lo son.








Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...

Anticopia