“Aquí no pasa nada increíble. Sólo lo de siempre”. Aunque lo de siempre sea feroz. Aunque lo increíble sea la propia vida, con su dolor y su impotencia. Con su ignorancia y su esperanza. Nada nuevo, retiario, tú eso lo deberías saber.
A veces nos dejamos llevar, pese a nuestra irritación y nuestra resistencia, de una histeria sentimental; caemos en el paroxismo, en la exaltación extrema. Y nos enamoramos de alguien o de algo; de un poema, de un gesto, de una voz, de unos ojos aislados... mismamente de una escultura... de un olor que relacionamos con algo remoto... quizá sólo buscamos una querencia, aquel hueco de infancia en el que los recuerdos no son lo suficientemente nítidos.
Ya sabemos, gladiador, que ni siquiera es fiable nuestra propia memoria...
Paseamos largamente entre los calistros de la infancia.
Entre baño y comida, comida y baño.
Y se nos impregó, como la keratina líquida, ese olor a limpito de los niños con náuticos y raya al lado (ángeles de celestial pijerío, ¿que mal han hecho ellos?), tras el chapuzón vespertino, rezumando cloro azul y merienda de colacao con tostada.
Entonces degustamos la fragancia de las flores pegajosas de calistro, con sabor remoto a gominola y sardina, también nos llegó il viaggio agridulce, laberíntico y agreste de la memoria jocosa (a veces herida).
Y entre comida y baño, baño y ladridos, ladridos y paseo, paseo y siesta, se presentaron, a la hora del café los italianos...
Relato finalista del VIII Certamen de Narrativa Corta Villa de Torrecampo
“¿Cómo hemos llegado hasta aquí, Norma?”
Indefectiblemente, cuando terminaba de vestirse para salir musitaba esas palabras. Pero ni la miraba. Ella era morena y algo pequeña, era, en cierto modo, la única a la que él se había acoplado perfectamente, amoldándose a su singularidad. A aquella particular ronquera con la que le respondía, sin titubeos, sin indecisiones, siempre ágil y resuelta. Todo lo que tenía de menuda lo atesoraba en profundidad. Tenía el alma fuerte y él lo sabía. Lo sabía y lo apreciaba. Quizá por eso, más que por ninguna otra razón, la amaba y hasta bromeaba en ocasiones, advirtiendo que aquella era una relación de tintes perversos. Siempre le encandiló su osadía, su fortaleza. Resultó ser una virtud providencial, porque en aquellas circunstancias...
Era morena, aunque con los años había perdido luminosidad y brillo. Eso a él no le preocupaba en exceso. Continuaba prendido de su coraje, que seguía intacto. Más rebelde, si cabe, con el transcurso de los días apagados, demoledores... faltos de ilusión.
Habían pasado por mejores épocas. (A decir verdad ésta era la peor de cuantas recordaban). Pero solían reconfortarse el uno al otro en los momentos en que ya no adivinaban qué más podía agazaparse tras aquel muro de desaliento. Se diría que se abrazaban en una complicidad cínica y elegante, pasando por alto evidencias como mazazos. Ella había sido siempre su contrapunto. Juguetona y severa. Grácil y atenta. Disciplinada y tierna.
Habían pasado mejores días juntos. Días de terrible denuedo en el esfuerzo, pero también de múltiples recompensas. Días de vino y rosas, de fiestas y halagos, de sonrisas henchidas de soberbia, de sudor y desgarro, de amistades exquisitas que se desvivían con sus atenciones.
Él ya alardeaba de mala memoria.
Presumía de amnésico aunque conservaba una capacidad prodigiosa para memorizar de un solo vistazo parte considerable de una obra. También recordaba con minuciosa exactitud sensaciones fugaces, incluso las más efímeras, como las olfativas. Solía aspirar lentamente e identificaba el olor con una fecha, con una evocación concreta. No vacilaba al referirse a nombres de colegas, eventos que se producían, puntuales, en remotos lugares, antaño frecuentados y gozados. Misteriosamente el óxido lamía con secreta obstinación los engranajes aquellos de los años previos a la decadencia. (¿De veras fueron años?).
De los recuerdos de Norma nada se sabe. Ella siempre se adscribía a un segundo plano, siempre se plegaba a él. Le era connatural la generosidad con que declinaba la atención, para servírsela en bandeja a quien, como innato vanidoso, desesperadamente, la necesitaba. En otros tiempos su morenez altiva, y sus proporciones juveniles habían suscitado comentarios de admiración, ahora, sin remedio, acusaba el paso de las décadas, y nada podía maquillar las huellas de algunos golpes recibidos...
Él la mimaba a su manera. Recónditamente admiraba su lealtad y admitía, reconocido, que nunca la sintió desfallecer entre sus manos. Jamás hubo de recriminarle, es cierto, días de frialdad o indiferencia. Tácitamente le debía gratitud. De no ser por aquella pervivencia en la pasión él hubiese caído fácilmente en la locura.
Se llamaba Norma; porque además había nacido en Burdeos. Él se había fijado en ella cuando varias veces acudió a la casa de Taconné para antiguos asuntos de peritaje. Jamás pensó que un amor a primera vista fuese a cristalizar de modo tan pleno y definitivo.
En ocasiones recordaba cómo la deseaba antes de expresar abiertamente su interés. Patrice incluso le había advertido que ya estaba comprometida. Pero él era terco -sin la terquedad jamás hubiese llegado a donde una vez llegó-. Así que ella terminó perteneciéndole. Cuando se acordaba de ello la acariciaba levemente y con una sonrisa agria le susurraba de nuevo la amarga letanía “¿Cómo hemos llegado hasta aquí?”
Llevaban dos décadas aguantándose día a día. Sin separarse más que lo imprescindible. Ya no se concebían el uno sin el otro.
No era aquel un romance de toda la vida, pero estaba claro que ya no cabían abandonos ni infidelidades. Además, él en realidad sólo la tenía a ella.
“¿Norma... cómo puede ser que hayamos llegado a esto?”
Pero Norma no le respondía. Contra su costumbre se limitaba a recibir el tímido roce sin proferir sonido alguno.
Ella, que jamás daba la callada por respuesta aunque estuviese cansada, dolorida... quizá hasta vieja. Porque, inexplicablemente, había envejecido más que él. Cuando por fin Patrice se la entregó, lo hizo sabiendo que él era un hombre con experiencia. Dio por hecho, y no erró, que la haría a su medida, y que ella sería, en adelante, lo que él quisiera que fuese.
Cada tarde cargaba con ella con la desgana que producen los aconteceres cotidianos. A pasos lentos, mecánicos... como si el rumbo se estuviese improvisando en cada loseta. La protegía de la lluvia en febrero y del calor de julio. La sabía delicada en su fortaleza. Vulnerable en su férrea complicidad. Por eso eligió el Metro. Para evitar los rigores de las temperaturas, las inclemencias del cielo y de la tierra... más no podía hacer.
Enfilaba la boca de la estación y descendía por las escaleras, aspirando el característico olor a gente y profundidad. Y llegaba hasta su feudo de fronteras etéreas. Por el que había tenido que luchar venciendo su vergüenza. Sintiéndose vejado hasta en las negociaciones exitosas que mantuvo con la grey desconocida que dispensaba los patéticos predios de la supervivencia.
Aquel trozo de pared a sus espaldas, aquel recoveco que los aguardaba, como si fueran una aséptica greca de cerámica más, figurantes sin mayor interés, como los macetones recargados de los grandes teatros. Se diría que formaban parte del variopinto atrezzo que ni pasaba desapercibido ni llamaba la atención.
El cruel dios de las paradojas debía desternillarse de risa al contemplarlo sacar las pinzas de la ropa para sujetar el papel, a él, al ególatra entre los ególatras, al joven al que siempre había que felicitar, al de las menciones de honor, al de las altas calificaciones. Al que imponía las normas y los horarios.
El dios cruel de las paradojas, ha ya tiempo lo había domeñado por completo. Le había robado su porte y no contento con eso hasta su sombra; orgullosa y distinguida. Cuando él incluso había creído, ingenuo, que eso no era susceptible de robo, que siempre algo habría de permanecer a salvo, sin temerle a nada ni a nadie. Pero de su sombra y sus palabras, de su conversación brillante y su risa llena, de su mirada altiva, sus modos felinos y su seducción no quedaba vestigio alguno en aquella guarida frágil, en la que se husmeaban las inquietudes y sinsabores de las demás criaturas subterráneas y acaso igualmente desmemoriadas.
Quizá es que también estaba envejeciendo a pasos agigantados.
Envejecía en el escenario equivocado. En los túneles donde ya conocía a los apresurados transeúntes que traficaban por las laberínticas galerías del subsuelo de la gran ciudad. Pululaban como insectos, rápidos, paroxísticos, presos por la fiebre de acopiar algo para preservar el porvenir. Cuando estaba en su plenitud había renegado de la posibilidad de una vejez apacible –no es eso tan raro- pero ahora la vejez apacible se le escapaba como una quimera. Y la deseaba con obsesivo fervor, lejos, lo más lejos posible de aquellos pitidos estruendosos, urgentes, de los vagones que advertían e instaban de su salida inminente.
Reconocía las mismas caras. El mismo cansancio, de prisa, de indiferencia o de malhumor.
Nadie lo saludaba. Aunque ellos, también habrían reparado, alguna vez, en él. Subyacía una relación de tácita invisibilidad. De autismo sobrevenido quién sabe si a consecuencia del común interés de no percibir, de no hurgar, de no profundizar en nada que emanase de la propia profundidad.
Al fin y al cabo, pese a las miradas de soslayo, los transeúntes no eran tan diferentes. Y alguna vez, desde su presbicia, lanzaba la sugerencia de que nadie, absolutamente nadie podía entonar himnos de victoria mientras durase la existencia. La existencia mudable.
Pese a los fugaces cruces, que en nada se perpetuaban, se larvaban semejantes incógnitas. Porque cualquiera desea borrar algún recuerdo, cualquiera se chancea de los vapuleos caprichosos de su propio destino, el fugaz sarcasmo acerca de aquel que se era, cuando no se era más que una promesa. Cualquiera podía, al fin y al cabo, evitar preguntarse las razones por las que cada tarde corría a introducirse en aquellas mecánicas y atestadas lombrices ciegas que horadaban las entrañas de la tierra -que ya no era ni tierra-.
Quizá aquel enjambre, igual y cambiante, también detestaba esa cuidad. Quizá aborrecían su trabajo, abominaban de su indumentaria o deseaban vivir en otra casa. Quizá hasta se detestaban a sí mismos.
Él había amado otras ciudades, había amado su trabajo, y hasta la vestimenta que se ligaba a él. Y su casa de la costa. La pérgola, las buganvillas, la chimenea de piedra y el Petrof...
Aquel esplendor tan largamente codiciado. Tan minuciosamente construido, edificado con el derroche de horas, de inteligencia, de hábiles maniobras, de renuncias sobrehumanas... tan lejano e inalcanzable cuando se conjugaba en futuro y tan efímero cuando llegó el presente.
Ahora, sólo quedaban potenciales, o pretéritos imperfectos de subjuntivo. Y Norma callada. “Si hubiera ... si hubiese...” Y las preguntas retóricas.
Él tardó en asumir lo inasumible. En aceptar lo inaceptable. Con el gesto de estupor del tahur veterano, que al destapar las cartas descubre una escalera de color en la jugada del rival estúpido. El envite equivocado. El primer desafío que es truncado estrepitosamente.
Siempre le perdió su adicción a sentir por sus venas, como un torrente salvaje, la adrenalina.
Cuando pudo percatarse había trastabillado de aquella cúspide en la que no había nadie. Levantarse no fue tan complicado pero encontrarse los peldaños despejados para volver a la anterior situación fue, definitivamente, imposible. Miles de criaturas defendían con uñas y dientes cada centímetro, y se aferraban a las barandillas con feroz determinación. La misma determinación feroz con que hacía tiempo, se había asido él.
¿En qué momento se aflojaron sus manos? ¿En qué se distrajo? ¿Quién, con más fuerza que otro, lo empujó?
Norma había gozado de los coletazos de la época gloriosa. Con toda probabilidad, cuando aún los cobijaba la buganvilla granate, le advirtió de algo. Ahora se guardaba de reprocharle nada, cuando sería fácil. No le acuciaba entonces con censuras, cuando tantas noches le veía servirse las copas y reír con la cohorte de turno. No se encelaba cuando él seducía a alguna belleza snob, culta y madura. Él necesitaba atraer y encandilar. Sabía adivinar las palabras que deseaban que pronunciase. Sabía esgrimir su gentileza elegante, su ingenio a veces osado, inesperado... original. Claro que lo adoraban. Y él pensaba que lo adorarían siempre. No contaba con que los otros podían llegar a sufrir en mayor grado de la amnesia que le acuciaba a él.
Muchas de aquellas mujeres terminaban prolongando la fiesta. Ninguna velada acababa bien si no acababa en velada íntima y sensual. Él siempre fue, en verdad, un maestro. El éxito hacía lo demás.
Norma lo pasaba por alto. Lo consideraba insignificante. Sabía que formaba parte de la puesta en escena, como los whiskys de alta gama y como el lebrel afgano, lánguido y aburrido, que permanecía echado, haciendo juego, con la alfombra de Isfahan.
Norma sabía que todos se marchaban con las primeras luces del día y entonces la soledad les pertenecía a los dos. Entonces él se desnudaba como un niño frente a ella; nadie en el mundo hubiese podido verlo, como ella, llorar. Sabía, tranquila y acogedora, que a nadie más se entregaba. Él se despojaba de todo en cuanto la tocaba. De todo menos de sus terrores, de sus angustias, sus obsesiones, sus heridas... y su verdad. Norma sabía -siempre lo había sabido- cómo estaba él con sólo rozarla.
Ahora se miraban en silencio. Largamente. Profundamente. Temiendo por el mutuo deterioro... imparable. Por los estragos que aquella vida producía en los dos.
Él llegaba a su rincón y la tomaba entre sus brazos.
Extendía el atril y fijaba con los palillos de la ropa la partitura; aunque a decir verdad, no la necesitaba. Desmayadamente, como si en ello consumiese sus últimas energías, frotaba la resina contra las cerdas del arco. Golpeteaba suavemente el cuerpo de Norma y cercaba el mástil. Ella notaba su calor, la desigual fuerza que emanaba cada parcela de su piel. El lejano latido que no cesaba... y su pulsión. Se conmovía tanto, se estremecía de tal forma que comenzaba, con suavidad, a gemir. En ocasiones, abiertamente, lloraba.
Él tocaba y tocaba. Mientras sus puntos cardinales se desdibujaban en cicatrices. Fijo, tras él, un expositor luminoso anunciaba, desde esa semana, una fragancia. La muchacha, casi una niña, vaporosa y etérea, como el producto que publicitaba, esparcía entre sus dedos pétalos de un color rosa pálido. “El verdadero aroma de tus días”.
Mientras la funda, a sus pies, permanecía amagando una risa necia, quizá una interrogación, abierta y descarnada. De vez en vez alguno de los viajeros se aproximaba y depositaba en ella unas monedas. De vez en vez. “Para deshacerse de la calderilla inútil”, como más de una vez oyó.
Porque la gente lo pensaba un autómata sin vida, como el hombre del anuncio que tras él, hasta la semana pasada sostenía en su mano un brandy. “Si
sabes que lo mereces... ¿por qué no?” Una pieza de decorado que, simplemente actuaba, lograba con su ejecución un apunte más al pintoresco submundo donde cabía de todo. La gente lo pensaba sordo e insensible. Ciego y mudo. Había abandonado su condición humana para convertirse en objeto, en figurante, en simple apariencia... en oquedad.
En receptáculo de calderilla inútil. “Échasela al tío ese que rasca el violín”.
Las primeras veces sentía ira. Sentía una especie de vahído gris que le atenazaba las sienes. Las sienes y las rodillas, tanto que nunca le obedecieron cuando su cerebro le ordenó patear la funda con toda el alma.
Luego, cuando se fue curtiendo, logró digerir la repugnancia hasta sentirla ínfima. Alguna vez había abierto la boca para replicar. Pero se había quedado sin palabras. Con pavor sospechaba que sin historia.
-“Eso que toca ese hombre ... ¿no te recuerda a lo que tocaba el niño de Juan?”
-¡Qué dices! El niño de Juan está ya en cuarto curso. Éste tocará de oído, no creo ni que sepa solfeo... vas a comparar con el niño de Juan...”
Seguía con Marais y con la boca abierta. Notando cómo se deslizaba por su garganta la columnata del antiguo edificio de la escuela de Weimar. La tarde templada de junio en que recibió de manos del director del Franz Liszt el Primer Premio de Composición.
Lo tocó con Diva, aquella rubicunda vibrante y atrevida, luego vino Rosa con quien compartió la inolvidable noche del dueto con Tertis y después Sarah -en cáustico honor a su ex mujer-. Siempre había puesto nombre a sus violas. Norma permaneció sin ninguno hasta que llegaron los ensayos en el Liceo. Durante aquellos meses mantuvo un idilio con una hermosa mezzosprano. Pero Clotilde no era, en modo alguno, un buen nombre para aquel tesoro de madera oscura, aún fragante de barniz de sandáraca que Taconné le insufló a modo de espesa sangre.
Stamitz iba en el sexto lugar. Después de eso hacía un alto. Se desentumecía las manos y solía fumar un pitillo (ahora no; ya estaba prohibido fumar). Al principio, acuciado por la adicción, guardaba su instrumento y salía a la superficie, tal como un viejo cetáceo que necesitara respirar. Luego se olvidó del momentáneo placer que le sumistraba la nicotina, lo mismo que, paulatinamente, olvidó otros placeres. Lo mismo que olvidó la cuantía de los plazos con que su madre pagó al sastre su primer frac.
Aquel frac destartalado, de talla mucho más grande de lo que sus veinte años requerían. Aquel frac pagado con incrédula esperanza, con la emoción que se desprendía de las manos estropeadas por los tintes y los amoniacos, aderezado por mil explicaciones, henchidas de orgullo maternal.
La segunda pausa venía tras la suite de Bach. Entonces aprovechaba para mirar a su alrededor. Aunque casi todos eran también invisibles. Más aún que la adolescente walkiria que anunciaba la colonia, o el hombre de mundo que ofertaba la copa del coñac.
A alguna piadosa matrona que musitaba al oído de su amiga: “pobrecillo” le dedicaba un ceremonioso gesto, o una inclinación de cabeza, como hacía antaño para algún palco de importancia, o entornaba los párpados proyectando sus pupilas sobre alguna silueta lejanamente familiar, para autoengañarse, para, tornándola borrosa, transformarla así en la de su padre, en la de su pequeña Mónica cuando lo fue, en Lucca... y algunas veces, cuando ya estaba muy, muy cansado, hasta en la de Sarah.
Hacía años que no veía a Mónica. La imaginaba cuando alguna joven madre presurosamente arrastraba de la mano a algún niño. No podía evitar entonces sonreír, y si el pequeño cruzaba con él una mirada, le guiñaba un ojo, o le hacía una mueca. Cada vez procuraba reprimirse más, en aras de no ser simpático, de parecer un individuo oscuro... caer mal, desde que oyó más de un par de veces la advertencia de que “si no estudias mucho serás un vagabundo igual que él”. No deseaba para un inocente tamaña connivencia. Él era el mal ejemplo, el desecho provocado por la vagancia, el aviso de un mal porvenir...
También lo sentía por Norma. Aquel instrumento soberbio, hecho ex profeso por un luthier legendario para las manos de una mujer. Se preguntaba por dónde estaría resonado su fantástica expresividad si él no hubiese insistido tanto, si no hubiese pleiteado tanto... si, finalmente, hubiera ido a parar a las manos de la profesora de Glasgow.
Y qué hubiese sido de sí mismo, si la otra, su profesora, no le hubiese torturado hasta el desquicio, no le hubiese percutido con eficaz saña aquel terrible afán de trabajo y superación.
Cuando saludaba en escena, fugazmente se le venía a las mientes, y en su interior forjaba para ella encendidas frases de gratitud. Ahora, mientras atacaba una Tangata, meneaba la cabeza abortando un improperio, pidiéndole cuentas por tanta, tanta severidad.
Porque había estudiado mucho. Mucho para llegar a ser un vagabundo. Un mundo de tablas de madera, confortable y elitista habían pisado sus pies... Barcelona, París, Venecia, Manchester, Helsinki, Tokio... bah...
Aquella tarde sintió que Norma y él quizá debieran subir a algún tren sin retorno.
Miró la funda y al ver la recaudación comenzó a hablar solo. Se mesó la barba mal rasurada y aunque estaba agotado se fijó media hora más para tocar.
Tenía frío y sudaba. Un frío interior que le hacía tiritar prolongando los vibratos más allá de lo que él quería.
Norma le dirigió un gemido lastimero y él comenzó a canturrear entre dientes, rimando palabras malsonantes con los slogans publicitarios que le iluminaban la incipiente calva.
“El verdadero aroma de tus días”. “Si sabes que lo mereces... ¿por qué no?”
Un ataque de tos lo enmudeció. Mientras en el pecho se le rompían todas las invectivas hacia Brunilda. Todos, los presentes y pasados vómitos de alcohol agrio. Y a cada sacudida convulsa deseaba, a toda costa, saber. Con cada espasmo sentía arderle los pulmones, pero más el misterio de la culpa. Hubiera querido inventar una historia de celos bárbaros, de amores terribles, de tragedias contundentes. Una estafa descomunal. Un puñetazo, en pleno adagio al herr director.
Nada.
El absurdo. Lo inexplicable. El hartazgo. La desidia. La inconsciencia. La inacción.
Nada que Norma supiera interpretar.
La gente comenzaba a espaciarse por los andenes.
Media hora más.
Sentía fuego en las mejillas. No tanto como las primeras veces. Cuando sólo se atrevía a mirarse la punta de los zapatos al desviar sus ojos del atril. Cuando la humillación se le hacía tan insoportable, el rubor tan intenso que llegó a creer que el fluir de la sangre le había afectado a los oídos hasta el punto de no escuchar ningún aplauso al terminar.
Tardó algo en percatarse de que nunca había aplausos. Eso lo desconcertó. Llevaba un repertorio sabido, pero era magistral. Entonces, entre enfurecido e incrédulo, llegó a tocar a Walton, aquello que era imposible de tocar.
¿Era un virtuoso, un mediocre o un farsante? ¿Y quiénes los lerdos? ¿éstos o aquellos? Aquellos que llegaron a pagar con ostentación una suma desproporcionada por una localidad en el patio de butacas...
Cuando comprendió que ni Paganini redivivo, el propio diablo o el mismísimo Dios tocando sobre veinte cuerdas habrían obrado distinto efecto, obtuvo la calma.
Porque nunca había aplauso.
Salvo una noche, en que un grupo de jóvenes, componentes de una banda de jazz, se agruparon en torno a él, lanzándole chistosas ocurrencias, medio en serio medio en broma, teñidas de reto y un tímido apunte de admiración.
Por lo demás apenas ya nadie transitaba tan entrada la noche; tipos raros que siempre había evitado. Por miedo a que hirieran, por pura maldad, a Norma. Sabía que podía suceder.
A aquella morena y pequeña Norma a quien hubiese bañado en lágrimas implorándole perdón si no fuese por que las lágrimas dañarían irrevocablemente su carne dulce de abeto de Aquitania.
Comprendió que los escalofríos que recorrían su espalda eran producto de la fiebre. Llevaba varios días que no se encontraba bien. Entonces pensó que si, finalmente, cualquier madrugada, antes de que finalizase aquel invierno, no tuviera un refugio digno o muriese, no había previsto el destino de Norma. Un destino de prima dona. Pensó que aquella misma noche, en cuanto llegara a la miserable pensión, escribiría al húngaro aquel que estaba en la Sinfónica de Tenerife o mejor a la precoz muchacha aquella del Cuartet Strings...
¿cómo se llamaba? ¿qué nombre le pusieron por fin?... la precoz muchacha tendría ya cuarenta años.
El cansancio le hundía los hombros. Como si tuviera que estar tocando como un acróbata, soportando sobre sus clavículas al húngaro y la cuarentona, a la innoble concertino de Padua, al imbécil del director aquel de Valencia. Al ayuda memo de Sevilla... ojalá pudiera darse de bruces contra el suelo, si tuviese la certeza de que todos los que habían trepado por su espalda se fueran al traste con él. Él ya no podía caer más bajo. Él ya estaba a varios de metros de profundidad.
Pero estaba vivo. ¿Era eso lo mejor?. Recordaba a James y a Enríquez, que se mataron por aquella carretera comarcal, cuando acudían a la audición. El dios de las paradojas, antojadizo, arbitrario, gratuito, decidió que James lo sustituyese a última hora porque él tuvo que quedarse en el hotel, delirando con cuarenta de fiebre. Como ahora.
James y Enríquez no llegaron a tocar el Réquiem que habían preparado. El Réquiem lo tocó él, en el homenaje, un mes después.
Quizá también estaba a varios metros de profundidad aquel notario, en cuyo opulento despacho firmó la escritura del local de la tienda. Al leer el reverso de su carnet, el hombre lo miró por encima de sus gafas y con voz atiplada le comentó, enfáticamente, que admiraba sobremanera su condición de instrumentista, que a eso, en realidad es a lo que le hubiese gustado dedicarse porque era la más hermosa profesión.: “Pues cuando usted guste, señor Font, nos intercambiamos el oficio”. Él entonces pisaba fuerte. Pero no tenía una rúbrica tan enrevesada como el señor Font y al poco ni siquiera el crédito de que cumpliera sus compromisos. El señor Font mañana llegaría a un despacho aún más opulento y él se imponía el suplicio de ejercer la más hermosa profesión una atroz media hora más; por si alguien, un loco, un iluminado o un imbécil le echaba un billete.
De la tienda... aquella gran tienda especializada en música antigua. Decorada con vidrieras modernistas, repleta de selectos facsímiles, partituras, libros, instrumentos, cuerdas de tripa, discos, y accesorios... de eso que le preguntaran a Cabanillas y a Mendizábal. Ellos lo deberían saber.
Más que la estafa mezquina de sus socios le dolió más que Sarah, tras, la debacle, definitivamente se marchó. Pero no fue una premeditación. Todos le advertían que Sarah estaba al límite y que cualquier nuevo paso en falso sería la famosa gota...
De repente se perdió. Paró en seco y se preguntó qué demonios estaba interpretando que nada tenía que ver con la partitura. Se quedó en silencio, intentando reconstruir sus últimos pensamientos coherentes.
En ese instante un vagón, con una potencia extraordinaria, avisó de su llegada pitando en Fa mayor.
"Estación Metro". Óleo de Ernest Descals Pujol
Era un tren forrado de terciopelo burdeos, como los telones, como las butacas, como los trajes de la mujeres vistosas que bebían champán. Y estaba adornado con las flores de la buganvilla. A través de la primera ventana vio al Padre Sebastián, que le redimía de lavar cubiertos en el internado a cambio de cantar en el coro. Y un poco más atrás a su posible nieto, ¿o era nieta?... El hijo de Mónica, que le decía adiós. Solícita y tierna, como siempre, a su madre, gritándole que dejara un ratito de tocar, que le traía café. Y papá Haydn, dormido, mientras Glinka le daba codazos señalándolo y Ligeti le mostraba un metrónomo enorme. También Lucía avisaba a Mariana de su presencia. Y junto a ellas Sarah, que suspiraba y giraba la cabeza con un mohín.
Por fin el vagón se detuvo, mientras comenzaba a exhalar vapor, o una especie de incienso azulado que se expandió, asfixiante y caliente hasta sus pies. Las compuertas se abrieron y oyó la voz de su hermano Alex instándole a subir. Y doña Josefina, la patrona de la penúltima pensión, con su bata de lana, advirtiéndole que no se lo decía más. Bach, sin peluca, le suplicaba que “siquiera por el pobre animal”; porque allí estaba también el astuto y distante Bloss.
Apenas distinguía las puertas, aún abiertas de par en par. Le costaba respirar y el vaho que se adueñaba del andén le quemaba las fosas nasales.
Vaciló.
Entonces la máquina emitió una serie de nuevos pitidos, in crescendo. Imposibles de ignorar.
-¡Esperad! ¡esperad!
Cuando recuperó la conciencia estaba en una cama, junto a la pared de un pasillo. Olía a hospital. La luz blanquecina y monótona le hizo entornar los ojos otra vez. Entonces sintió el dolor; a ráfagas crueles e intermitentes. Intentó mover las piernas y gritó.
Una enfermera se acercó a él y ajustó la palomilla del goteo. La agarró de un pico del uniforme y no pudo más que gimotear.
-Tranquilo. No ha sido grave. Da gracias a Dios; has tenido mucha suerte.
-No recuerdo... no sé...
-Ah, pues ni más ni menos que te has caído a la vía del metro; eres un hombre de suerte, primero porque no venía nada. Segundo porque parece que sólo te has fracturado los pies. No se sabe aún. No ha salido la placa... hay que esperar.
Ella fue a retirarse. Pero él, acopiando fuerzas, no la soltó. Un temblor incoercible se apoderó de sus labios. El miedo le quebró las palabras y comenzó a llorar.
-Tranquilo, hombre, que de ésta sales, ya lo verás.
-¿Y mi viola?
La mujer señaló una gran bolsa anudada, enganchada a uno de los accesorios de la cama.
-Aquí están tus cosas, el abrigo, un violín... nadie te ha quitado nada.
-¿Se ha roto?
-Venga, tranquilo. Ahora a no pensar.
La enfermera con gesto decidido se apartó de la cama.
Él pugnaba por no sollozar. Y una frase le martilleaba átona y simple: “Si vas a llorar que sea piano. Si vas a llorar que sea piano”.
Transcurrieron unos minutos hasta que una señora de mediana edad se aproximó a él.
-¿Está usted solo? ¿no lo acompaña ningún nadie?
-Norma... Norma...
-¿Dónde está?- la mujer miró a su alrededor.
-La viola... ¿se ha roto?
-No sé...
-Por favor, se lo suplico, mírela usted... mire si tiene algún destrozo.
-No sé...-la mujer, indecisa, seguía mirando a algún punto intederminado.
-Por favor- le insistió.
Ella abrió la bolsa con sus pertenencias. Alguien había tenido la precaución de guardar el instrumento en su funda. La abrió. Nada parecía anormal.
Él erguía la cabeza y se apoyó, dolorido sobre los codos. La mujer lo expuso frente a él.
-Gírela despacio, por favor.
-¿Así?
-Así, sí, muchas gracias. Muchas gracias.
-¿Lo guardo ya?
-Sí, sí... muchas gracias. No sé cómo agradecerle...
-No es para tanto, hombre...-seguía sus instrucciones- ya me supongo que estas cosas cuestan caras. Pero ¿ve? Lo que quiera que le haya pasado le ha pasado sólo a usted.
Él casi sonreía. Conmovido. Incrédulo. Reconfortado.
-Gracias... gracias... gracias...
-No es para tanto... y ahora, tengo que volver a mi sitio. Estoy pendiente de un familiar.
Él asintió con la cabeza, sonriéndole levemente. Vulnerable, indefenso... aliviado.
Quizá pasaron pocos minutos. Quizá toda una hora. Ya daba igual. Comenzó a murmurar una pregunta.
“¿Cómo hemos llegado hasta aquí? ¿cómo hemos podido llegar hasta aquí?”.
Otra enfermera, mayor, rubia, un poco entrada en carnes se aproximó para empujar, por fin, la cama hacia algún lugar.
-¿Pues cómo va a ser, hombre?... en la ambulancia... ¿cómo va a ser?...
Cuando leí que el gran mito acaba de
fallecer no pude evitar que me invadiese una cierta tristeza pues sigue
desazonándome la idea de que los geniales cerebros muertos son tan carroña como
cualquier otro cerebro. Recuerdo la macabra anécdota de la sesera de Eminescu,
depositada en un aula de medicina con el objetivo (hoy demodé) de estudiar tras
mil y una disecciones dónde demonios radica el talento y que fue tirada a la
basura por la mujer de la limpieza entre grandes improperios hacia los doctos
por dejarse mierdas por doquier. Fetichistas de mal gusto siempre los ha
habido; si no, seguidle la pista al cráneo de Papá Haydn, que dio más tumbos
vacío que lleno y más recientemente quizá recordéis el robo de los despojos de
Chaplin.
Se ha muerto el legendario Fischer y me
ha venido una ráfaga de infancia, con la Vanguard en blanco y negro y las
noticias hablando del célebre “match del siglo”. Recuerdo al autómata con cara
de pájaro y corbatita negra y estrecha (todos los hombres de entonces se
disfrazaban de tecnócratas de la NASA).
Se me vienen a las mientes, ¡cómo no!
los versos de Kavafis acerca de lo mucho que discutirán en el Hades sobre la
apertura Reti o el Gambito Evans si es que tales cosas aún les interesan y se
me pone la piel de gallina al imaginar que exista una eternidad (tanto en el
infierno como en la gloria) para tipos como Fischer. ¿Qué pesadilla es esa del
no morir sin poder encontrar rivales ni en el inframundo? Porque a Fischer no
le interesaba nada; ni los hombres ni el mundo; ni tan siquiera él mismo. No
parece una buena perspectiva para de quién he leído una definición que
-disculpad mi sempiterna tendencia- me ha conmovido: “Genio del ajedrez y
disidente de la vida”. Y yo añado que Fischer se ha muerto a los 64 años porque
64 son los escaques del tablero.
Andaba mi hijo mayor por los cuatro
años quizá cuando una tarde -desesperada
ante su negativa a comer con independencia del tiempo de ayuno transcurrido-
puse entre el plato del lenguadito desmenuzado y su silla, un tablero de
ajedrez y comencé a enseñarle a mover las piezas, explicándole que se trataba
de una terrible e incruenta batalla entre blancas y negras.
Quizá porque desde
siempre ha amado la polémica, se zampó el pescado abriendo la boca
automáticamente, mientras yo disponía las figuras y le explicaba el movimiento
de cada una de ellas. Un par de días después observé con cierta alarma cómo él
sólo las había distribuido perfectamente y cómo hacía cabalgar al caballo con
su salto característico (el más difícil de aprender). Llamé a su padre y le
preguntamos el movimiento del resto de las piezas; asombrosamente el niño había
sido capaz de retener cada uno de ellos. Comencé a ser su contrincante,
manteniendo “las partidas” el tiempo justo para que ingiriese la comida. Un
día, quizá transcurridos seis meses, me divirtió el hecho de que me ganase. Lo
achaqué a mi atención al telediario, pero al cabo de cierto tiempo de nuevo me
ganó. Comencé a subir mi nivel de ajedrecista
preescolar y cuando volvió a ser habitual que me diese jaque con
relativa prontitud puse pie en pared. Era muy gracioso que comenzara a
divertirle tanto ganar, pero poco pedagógico, porque cuando era yo quien le
acorralaba el rey, el niño la emprendía a golpes con el tablero demostrando muy
mal perder. Así que fui dando una de cal y otra de arena. Pero la confianza da
asco. Supuse que ante un rival extraño se contendría. Ese fue el motivo de
inscribirlo en clase de ajedrez. Lo echaron para atrás, argumentando que era
muy pequeño. Pero insistí y el profesor, Manolo Ruíz, supuso que el
aburrimiento haría mella en él a los pocos días. No se equivocó; se aburría,
pero porque dominaba más estrategias que el resto. Ruíz, según sus palabras “no
le echaba cuentas” hasta que organizó un torneíllo para practicar y Rafita se
los ventiló a todos a la primera vuelta. Entonces Ruíz comenzó a “echarle
cuentas” y a explicar prácticamente para él.
Luego vino otro entrenador, de nombre
Pariente, al cual los alumnos le cantaban por lo bajini una tira de pareados de
los que sólo recuerdo el primero, que decía: “Parienteee, con cara de
dementeee...” porque el tal, en efecto, andaba un tanto alelado con todo lo que
no fuese el enroque y la defensa Benoni. Llegó un momento en que Pariente
traspasó sus poderes y me convirtió en chófer una vez más, llevando al niño y
trayéndolo hasta la Escuela Municipal de Ajedrez. Allí seguía
siendo el más pequeño y no dudo que experimentara callada y gran satisfacción
cuando daba jaque Pastor en un plis a un chaval que le duplicaba la edad y que
había protestado momentos antes por haberlo sentado ante un enemigo de antemano
“chupado”. Mi madre le compró una maquinita para que pudiese continuar sus
partidas a solas y se comenzaron a comprar libros de ajedrez. Llegó la hora de
las tardes en que se medía con su padre, que siempre le ganaba, si bien con
rúbrica del correcto apretón de manos y una expectativa de revancha. Una mañana
de verano por fin le ganó. El flamante vencido rió mucho,
pero le pidió la revancha él esta vez. Volvió a perder y así sucedió ya la
mayoría de las veces. Hasta que en una ocasión –jugaba con la maquinita incluso
en los desplazamientos en el coche- se perdió una de las fichas magnéticas.
Esto le hizo rayar en la histeria al pensar que no hubiera piezas de repuesto,
o que, incluso habiéndolas, tardara un par de días en conseguirlas.
Fue el momento de enfriar las
relaciones con el ajedrez.
Ese, y el síntoma de las “partidas
mentales” nos hicieron intervenir para abortar un idilio tan obsesivo.
Todo el proceso de desamor fue, contra
todo pronóstico, relativamente fácil. Teñido de melancolía, sí, sustituido por
esporádicos juegos on line con quién sabe quién. Hasta que un día, ya zangón y
un tanto compungido admitió que había perdido su nivel.
Yo no soy ni medio buena jugadora,
puesto que la impulsividad y la impaciencia me pierden. El ajedrez quizá
engancha porque es reflejo de la propia vida. Soy mala estratega y además no me
humilla lo suficiente el hecho de perder. No tengo el sentimiento necesario.
Pero eso no significa que no aprecie una buena partida ni que deje de
considerarlo una disciplina pedagógicamente inapreciable en muchos aspectos.
Creo que en el colegio de los niños se sigue dando como actividad. Hace años se
instauró por mi iniciativa; lo propuse por sus bondades tanto para el intelecto de los chiquillos
como por su poco desembolso económico (el presupuesto inicial fue de risa;
bastan unos tableros, incluso de cartón y una pizarra para las explicaciones).
Así que Bobby no es un extraño en casa.
Al saber de su desaparición me siento movida a rendirle homenaje. Quienes me conocen saben que propendo con gran delectación a la liturgia.
Gélido y precoz, Fischer está
considerado por muchos especialistas como el mejor jugador de ajedrez de todos
los tiempos y se convirtió en su país en un símbolo de la lucha contra el
comunismo durante la Guerra Fría. Pese a que su madre era judía, (y
asombrosamente culta) Fischer fue un activista antisemita y acusó a los judíos
de todos los males, desde sus propios problemas legales hasta de planear una
conspiración para matar elefantes. Su
retórica antiestadounidense, además, le granjeó numerosos ataques desde su
país. Más aún cuando, tras los atentados de Nueva York del 11 de septiembre de
2001, telefoneó a una emisora de radio filipina para exaltar "la
maravillosa noticia" del ataque terrorista y volver a lanzar injurias
contra los judíos.
Fischer, nacido el 9 de marzo de 1943
en Chicago, decidió abandonar la escuela en 1959, que consideraba una pérdida
de tiempo, para dedicarse al ajedrez. Para ello, se encerró en su propia
habitación, enfrentándose a sí mismo en larguísimas partidas de ajedrez. En
1968 se retiró durante 18 meses para preparar su enfrentamiento contra los
soviéticos. Regresó por petición expresa del secretario de Estado Henry
Kissinger para uqe jugase en Reikiavic (parece ser que se lo rogó en estos
términos: “Soy el peor jugador del mundo que llama al mejor del mundo”.
En 1972, cuando contaba con 29 años,
acabó con los 24 de hegemonía soviética al derrotar en Reikjavik al campeón
ruso Boris Spassky durante el campeonato del mundo más extraordinario, seguido
y apasionante.
En 1975 impugnó las reglas de la
Federación Internacional de Ajedrez, por lo que fue despojado de su título.
Tras este incidente, Fischer desapareció de la escena. "La gran pérdida
para el ajedrez fue que Fischer nunca trató de regresar a ese mundo y que sus
últimos 30 años estuvieran marcados por una vida muy extraña, con declaraciones
políticamente inaceptables, en lugar de una contribución de ajedrez", dijo
Kasparov. (Que cuando venció a Karpov, teniendo a la sazón 22 añitos se
convirtió en una especie de icono erótico-intelectual para una extraña también
veinteañera como yo, que a estas alturas os resultará fácil suponer que un tipo
de Arzerbayán que sonreía, a pesar de ser endemoniadamente exacto en el juego,
era blanco fácil para mi admiración más rendida.
Dejó de gustarme en 1989,
principalmente porque aceptó jugar contra Deep Thougt, la computadora más
poderosa del momento y porque yo ya tenía dos parvulitos que absorbían todas
mis ocupaciones). Los años han demostrado que Kasparov ha sido además de
inteligente más listo que Fischer, al cual nada, absolutamente nada se le
reveló como tentador, como viene a demostrar el hecho de que durante 20 años nada
lograse hacerlo volver, ni los millones de dólares ofrecidos por los
organizadores de Las Vegas o Manila, ni una precaria situación personal que lo
llevó a la ruina.
Sin embargo, en 1992 volvió a la escena
para disputar en Montenegro una partida "de revancha" contra Spassky,
del que se había hecho “amigo”, por la que cobró 3,35 millones de dólares.
Despreció el embargo económico de la ONU vigente en aquel momento en la ex
Yugoslavia, por lo que Fischer fue acusado por la justicia estadounidense de
realizar una transacción comercial ilegal y fue objeto de una orden de arresto
internacional en julio de 2004 en el aeropuerto de Tokio-Narita cuando
intentaba salir de Japón con un pasaporte estadounidense anulado. Durante
meses, las autoridades japonesas estuvieron estudiando su extradición a Estados
Unidos. Fischer recibió entonces el apoyo público de Spassky, quien reclamó
poder compartir celda en el caso de que Fischer fuese encarcelado en su país.
"Simplemente, déjennos jugar al ajedrez", dijo el campeón ruso.
Finalmente la intervención del gobierno islandés le permitió refugiarse en ese
país nórdico, donde ha vivido hasta su muerte.
La última vez que Bobby Fischer
participó en una competición de ajedrez pidió
a los organizadores del torneo que elevaran varios centímetros el retrete de la
habitación del hotel en el que se hospedaba, en la ciudad yugoslava de Sveti
Stefan.El mejor
entre los mejores debía estar por encima del resto de los mortales; sí, también
en los momentos de urgente intimidad. Qué manía la de las distancias sobre el
resto de los mortales; ni el mísmisimo Napo (al cual aborrezco sobremanera)
escapó de la tentación erigiéndose la fenomenal “peasotumba” que nos obliga a
agachar la cabeza cuando visitamos Los Inválidos de París, gesto que, al parecer,
le causaba gran ilusión siquiera imaginar.
Pero a lo nuestro: el más grande ajedrecista de todos los
tiempos terminó ganando aquella última partida ante el ruso Boris Spassky en
1992. Después desapareció, sin más.
Los aficionados y la gran mayoría de sus compatriotas estadounidenses, que
durante la Guerra Fría lo consideraron un héroe nacional, han tenido que
esperar cerca de una década para volver a saber del hombre que humilló a los
soviéticos en un deporte que consideraban de su propiedad.
Las Torres Gemelas de Nueva York
acababan de ser tumbadas en el mayor atentado terrorista de la Historia el 11
de septiembre de 2001 cuando alguien que decía llamarse Bobby Fischer llamó a
la modesta emisora filipina Radio Bombo para dar su opinión sobre lo ocurrido:
«Son grandes noticias», se pudo escuchar al otro lado de la línea. «Ya
era hora de que alguien le diera una patada en el culo a EEUU. Aplaudo esta acción, quiero ver cómo América
desaparece del mapa». Añado yo que si hubiese sido un hombre
ingenioso -que no lo era, sino más bien lo que en castizo malacitano
denominaríamos un “malage”- hubiese comentado lo que mi hijo, al hilo y con
rasgos de humor negro, manifestó: “A ver cómo juegan ahora los yanquis después
de perder las dos torres”. Y es que cuando te zampan las susodichas piezas es
difícil remontar. Salvo que la reina y los alfiles estén en juego, esquilmando
peones y con posibilidades de jaque.
"Enroque II" de Lautaro Fiszman
En realidad, Fischer llevaba dos años
realizando intervenciones similares en pequeñas estaciones de radio de
Filipinas y publicando más tarde esas grabaciones en una página de Internet en
la que pedía a las emisoras de todo el mundo que le permitiesen contar su
verdad. Brevemente resumida, su verdad, su mundo, venía a ser algo así: una mafia de agentes comunistas y judíos le persigue
para envenenarle, su fortuna ha sido robada en una conspiración de agentes de
la CIA, Bin Laden es un héroe y Hitler no fue suficientemente lejos en su
represión.
Sin embargo, dicen quienes lo conocían
que el Gran Maestroha sido traicionado por su propia mente.Su caso recuerda al del matemático -y
esquizofrénico- John Nash, Nobel de Economía cuya vida, también marcada por un
cerebro que nunca llegó a controlar del todo, fue recreada -para mi gusto de
forma penosa- en “Una mente maravillosa”.
Fischer, prófugo de la justicia
estadounidense, olvidado y neurótico, vivió exiliado entre Tokio y Manila,
donde se casó con una filipina 40 años menor con la que tuvo una hija. Casi
todos sus amigos ya lo habían abandonado y en el mundo del ajedrez crecía la
opinión de que había perdido el juicio.
Nada de lo que le ha ocurrido a uno de
los mayores fenómenos intelectuales del pasado siglo podría entenderse sin dar
marcha atrás en el tiempo, hasta un día de mayo de 1949 en que recibió como regalo
un tablero de ajedrez en su Chicago natal. La obsesión del pequeño Bobby por
descifrar aquel juego le llevó a incomunicarse del mundo, (pienso yo que
probablemente hubiese ocurrido algo semejante si el regalo hubiese sido un
violín y él hubiese tenido agilidad de muñeca y buen oído), hasta el punto de
que su madre, preocupada por su carácter antisocial, puso un anuncio en el
diario local Brooklyn Eagle preguntando por niños de su edad que tuvieran la
misma afición. «No se interesaba por nadie que no supiera jugar al ajedrez
y no había muchos niños a quienes les gustara el juego por entonces»,
aseguró años después Regina Wender de su hijo.
El niño prodigio se inscribió en un
club de ajedrez del barrio y a los 10 años participó en su primer torneo. A
partir de ahí, Bobby Fischer empezó a ganar competiciones hasta batir todas las
marcas posibles: el campeón nacional de EEUU más joven -ganó las ocho veces que
participó-, el Gran Maestro Internacional de menor edad de la Historia, con 15
años, y el más novato candidato al campeonato del mundo... “Sólo quiero
jugar al ajedrez, nada más” decía (y a fe que lo cumplió) por entonces .
Lo que marcó definitivamente la vida
del ajedrecista fue su decisión de abandonar la escuela a los 16 años para
dedicar 14 horas al día
a su única pasión.
Llenó la vivienda que compartía con su hermana y su madre de
tableros de ajedrez para jugar varias partidas simultáneas consigo mismo, yendo
de una habitación a otra para desafiar sus propios movimientos. Con un
coeficiente intelectual de 180
y esa obsesión enfermiza por el ajedrez, el joven adolescente empezó a adquirir
manías y excentricidades que pronto encandilaron a la prensa y a los
aficionados. Cuando llegó su gran oportunidad de hacerse con el campeonato del
mundo, en Islandia ante Spassky en 1972, Fischer estuvo a punto de retirarse la
víspera del enfrentamiento porque la
televisión islandesa no emitía suprograma favorito. Un deporte acostumbrado a jugadores
grises y sesudos tenía por fin su enfant
terrible, el espectáculo
estaba garantizado.
La «partida del siglo», como
sigue siendo conocido el duelo Fischer-Spassky, enfrentó al todavía muy joven
estadounidense de 29 años y al campeón del mundo y entonces líder de una
generación de estrellas del ajedrez entrenados a conciencia por el régimen
soviético. El encuentro fue un episodio más de la Guerra Fría en el que los
rusos denunciaron que los americanos habían instalado aparatos
electromagnéticos en la sala para desorientar a su jugador y el pueblo
estadounidense, desde el presidente Nixon a los millones de americanos que no
habían jugado jamás al ajedrez, se olvidó por un momento del béisbol para
apoyar a su genio.
Fischer decidió aplicar su teoría de
que no basta con ganar al oponente;
también hayque
humillarlo. Mientras
Spassky se retiraba a su habitación tras cada movimiento para analizar rodeado
de 30 expertos soviéticos su respuesta, el joven ajedrecista estadounidense se marchaba a jugar a los bolos. Desesperado y bloqueado ante los
movimientos del «diablo americano», Spassky terminó rindiéndose a su
adversario.
Bobby Fischer fue recibido como un
héroe en EEUU tras su triunfo en Islandia. La prensa le agasajó, le llovieron
contratos millonarios -los rechazó todos- y los famosos y ricos del momento se
rifaron una amistad que él despreció.
Algunos de ellos, cantantes y actores, pagaron sumas millonarias por recibir
lecciones del ídolo. Tras unos meses en los que aseguró no poder soportar por
más tiempo a «tanto buitre», el campeón desapareció. Sin más.
Las espantadas del Maestro empezaban a
ser ya una parte más de su personalidad. En esta ocasión, sin embargo, Fischer
alargó su huida casi tres décadas. La Federación Internacional de Ajedrez le
retiró el título de campeón del mundo en 1975 ante sus reiteradas negativas a
defender su corona frente a la promesa rusa Anatoly Karpov. Al contrario que
otras estrellas jóvenes que no logran asimilar su fama y fortuna, el problema
de Fischer nunca fueron las drogas, el alcohol o las mujeres. Su punto débil siempre fue su punto fuerte: su
propia cabeza.
El dinero le sobraba, pero lo
despreciaba. Una vez se hubo retirado en el mejor momento de su carrera, el
vacío dejado por el ajedrez lo ocuparon las lecturas sobre conspiraciones y
teorías racistas que, como libros de caballería quijotescos, fueron agravando
sus fantasías. «El hombre blanco debería abandonar América e irse de
vuelta a Europa, los negros deberían volver al continente africano y el país
debería ser devuelto a los indios».«El poder judío quiere
dominar el mundo», denuncia.
«El ajedrez no es más que una forma de
masturbación mental»
sentencia el jugador.
Detrás de la compleja personalidad del
gigante siempre ha subsistido un inmenso complejo de inferioridad, acentuado
por su falta de educación y su incapacidad para hacer nada destacable lejos del
tablero de ajedrez. Su paranoia se ha visto agravada en los últimos años por su
exilio forzado, y en todas sus declaraciones demuestra la ira irrefrenable que
le provoca la imposibilidad de volver a EEUU, donde asegura que le han robado
recuerdos históricos y artículos valorados en «cientos de millones de
dólares». Una investigación del Atlantic Monthly confirmó que en realidad
sus propiedades fueron subastadas después de que se dejara de pagar el alquiler
del almacén donde se guardaban.
Los problemas de Fischer con la ley
tienen su origen en la partida contra Spassky en 1992, una reedición comercial
del duelo por el campeonato del mundo de 1972 que le reportó más de tres
millones de dólares en ganancias. El problema fue que no escogió el mejor lugar
para disputar el evento. EEUU mantenía por entonces un embargo contra el
régimen yugoslavo a causa de la guerra de los Balcanes y, violándolo, el Maestro sabía que se enfrentaba a una
posible condena de 10 años de prisión. A pesar de ello, organizó
una rueda de prensa poco antes del torneo y,
tras romper delante de las cámaras
la orden del Gobierno estadounidense prohibiéndole participar, admitió que no
había pagado sus impuestos desde 1976 porque no pensaba entregar un solo dólar
a un Estado genocida como el americano.
Si alguna vez existió la posibilidad de
que los agravios del ídolo caído fueran perdonados, el propio Bobby Fischer se
encargó de dinamitarla cuando aplaudió los atentados del 11-S. «Patético»,
«loco» y «despreciable» son algunos de los títulos con los que sus compatriotas
le han descrito en la prensa americana en el último año. «Nadie le ha dado a EEUU lo que yo, y mirad cómo me lo han pagado,
robándome y obligándome a permanecer secuestrado en Japón.», dijo
Fischer en otra entrevista.
Sus admiradores, que todavía son un
ejército en el mundo del ajedrez, han esperado durante más de tres décadas a
que las excentricidades del campeón se apaciguaran y su ídolo volviera a la
competición.
La mayoría de ellos desconoce que en
realidad Fischer regresó hace ya algún tiempo para demostrar una vez más, desde
el anonimato, que sigue siendo el mejor. «Estoy convencido al 99% de que se
trata de él», ha asegurado el Gran
Maestro británico Nigel Short, derrotado ocho veces seguidas por un supuesto
desconocido a través de Internet. Los mejores ajedrecistas del mundo utilizan la Red desde hace algunos
años para enfrentarse entre ellos y dar a los aficionados la oportunidad de
demostrar sus habilidades en partidas cibernéticas.
Bobby Fischer no ha podido resistir la
tentación y desde algún lugar, en Filipinas o Japón, ha desafiado a los
campeones de hoy. «En nuestra primera partida empezó con movimientos
incomprensibles, algunos de ellos absurdos. A partir de esos errores
deliberados para despistar surgieron movimientos de un poder extraordinario.
Simplemente me aplastó», recuerda Short que, tras haber estudiado las
jugadas de su anónimo oponente, no
tiene duda de que se trata de El Genio. No me negaréis que es jugoso argumento para una novela, si no
fuese porque hay que ser ajedrecista consumado para no caer en el ridículo de
una deficiente documentación.
El ajedrez siguió siendo probablemente
lo único que llenaba la vida de aquel niño solitario que sólo quería
relacionarse con quienes supieran jugar a su obsesivo entretenimiento.
Ni el
matrimonio ni la paternidad lograron llenar ese hueco: el entorno de Fischer en
Filipinas asegura que sólo visitaba a su familia seis o siete veces al año y
que pasaba el resto del tiempo viajando a la deriva, buscando emisoras de radio
en las que denunciar el complot contra su persona. Su madre y su hermana, con
las que había recuperado el contacto tras años de distanciamiento, murieron a
finales de los años 90. El maestro ya
había dejado de hablarse con todos sus amigos de EEUU, a los que consideraba
parte de la conspiración judía para hundirle.
El consuelo que trató de buscar durante
algunos años en la secta apocalíptica Iglesia Mundial de Dios terminó en
fracaso cuando se dio cuenta de que lo
único que queríanera
sacarle «hasta el último céntimo».
Completamente solo en el mundo, Fischer
ha malvivido hasta el pasado 17 de enero
de los derechos de autor de los libros de ajedrez que escribió hace
años, incluida la que está considerada
como la mejor obra en la historia del juego: “Mis 60 partidas memorables”.
Sus intentos de obtener también derechos de autor por la película del director
Steve Zaillian En Busca de Bobby Fischer -la lucha interna de un niño
prodigio del ajedrez- fracasaron en los juzgados.
El ajedrecista filipino Eugene Torre es
una de las pocas personas que mantuvieron contacto con Fischer, de quien dice
que es un hombre incomprendido. «Es honrado y honesto, un pedazo de ser
humano. ¿Loco? Es un hombre de principios, lo sé porque le conozco desde
hace muchos años. Está perfectamente cuerdo, pero sus opiniones son polémicas y
hacen que la gente crea que está desequilibrado. Le han hecho mucho daño».
Bobby Fischer fotografiado por Harri Benson
Es más que probable que este hombre
tenga razón. ¿Por qué no? Precisamente esta espiral de soledad, obstinación,
talento y orgullo han destinado para
este hombre fabuloso una existencia extraordinaria, donde todo es
excesivo. A mí me interesa, me apena y me fascina la paradoja -nada extraña- de la tragedia
interior en que se sume la mente dotada de genio. Lo que no sé dilucidar es su
causante: si la propia genialidad o la incomprensión atroz.
Bobby Fischer fotografiado por Harri Benson
Los silencios del antiguo campeón han
sido aprovechados por sus críticos para asegurar que detrás de sus bravuconadas
siempre se ha escondido un terrible miedo a perder y que ésa fue la única razón
de que nunca defendiera su título de campeón del mundo. Los historiadores del
juego recuerdan que, a pesar de su superioridad sobre el resto de jugadores,
abandonaba numerosos torneos tras poner sobre la mesa demandas imposibles. (Si,
definitivamente, en el Hades, Fischer no encuentra con quién medirse, siempre podrá
conversar amargamente con Miguel Ángel, Tchaicovsky, Aníbal, La Callas,
Borromini o Pavese).
Fischer siempre ha
denunciado que las competiciones internacionales están amañadas y ha creído una
estupidez enfrentarse a una máquina, como han hecho otros grandes maestros. (En
eso le otorgo mi más ferviente aserción). Por eso creó un nuevo modelo de
ajedrez aleatorio en el que el mejor jugador, y no el que más estrategias y
movimientos ha memorizado, tiene todas las de ganar. El modelo Fischer se basa
en el sorteo de la posición inicial de las piezas en las filas uno y ocho del
tablero. El resultado, 960 posiciones de inicio y un número de aperturas
infinito que anula la posibilidad de que los jugadores con una memoria
excepcional puedan ganar sus partidas como si fueran robots, sin que
intervengan grandes estrategias.
El sueño de Fischer era revolucionar el
ajedrez moderno y, de paso, hacer un buen negocio. Aunque su modelo ha tenido
una buena aceptación entre los aficionados, los grandes torneos han seguido
utilizando el método clásico. «Si Bobby Fischer ha sido el mejor es porque
logró todos sus triunfos sin los trucos de hoy», asegura su amigo y
solitario defensor Eugene Torre.
Incomprendido o loco, Fischer ha pasado
la vida escapando de su propia genialidad. En su última intervención
radiofónica, en una emisora de Islandia el 27 de enero de 2002, el locutor
preguntó al Gran Maestro que quién había sido el más grande entre los grandes:
él o Gary Kasparov.
«¿Cómo puedes compararme a mí con un tramposo? Yo nunca
he jugado una partida previamente amañada. La mayoría de las victorias de
Kasparov, la mayoría digo, han sido amañadas. Yo todo lo he conseguido por
méritos propios. No creo que haya muchas personas que puedan decir lo mismo»,respondió.
El ajedrez, como todo, ha perdido su
dosis de romanticismo. De eso pueden dar fe quienes saben verdaderamente qué se
cuece en Linares.
Tablas descaradas. Entre los organizadores se respira frustración.
Las partidas del torneo más prestigioso del mundo se estaban desarrollando sin
pelea. «¡Órale! ¡Sean gallardos!», clamaban los comentaristas mejicanos (en
Méjico el ajedrez es pasión). Pero los jugadores son profesionales. Juegan 200
partidas al año. Cobran bien. No como una estrella del tenis o el baloncesto,
pero pueden vivir desahogadamente. Hay que hacer caja. Y la estrategia
generalizada consiste en firmar empates cautelosos, sumar medio puntito por
aquí, otro medio por allá, y sólo cuando se vislumbra una posición muy
ventajosa o un descuido del rival, atacar sin miramientos. El alcalde de
Linares plantea que se penalicen las tablas y algunos hablan de multar la falta
de combatividad.
Fischer perdió el norte hace tiempo. Fuera del tablero, sus
lagunas culturales eran palmarias. Vestía como un leñador de Dakota: camisa de
franela y gorro con orejeras.
Para que no lo llamasen cazurro se compró 17
trajes y los iba rotando. Tenía un coeficiente intelectual de 184 (el de
Einstein era de 185, la media es 100), pero cosechaba un carro de suspensos.
Fischer forjó en los torneos su leyenda de pirado en un mundo
donde las excentricidades están a la orden del día. Se quejaba de que los
rivales lo desconcentraban con sonidos de alta frecuencia que sólo él y los
delfines pueden oír. Pedía fuertes sumas de dinero por competir, pero luego se
dejaba fajos de dólares olvidados en las habitaciones de los hoteles. «Los
ajedrecistas profesionales le deben a Fischer poder ganarse la vida, pues antes
de que llegara él no cobraban, seguían teniendo la consideración de juglares
medievales para divertir al rey», explica Arturo Xicotencatl. Fischer tenía
otra manía: nunca colocaba el rey en la casilla F4 porque es una variante que
estudiaron ajedrecistas judíos. Además, sufría miedo patológico a perder. Se
enroló en una secta apocalíptica. El líder del culto le sacó miles de dólares
en donaciones. A cambio, le proporcionó un jet privado y un buen número de
siervas dispuestas a abrirse de piernas. Fischer aún era virgen con 32 años.
Arruinado, abandonó la secta en 1977. Vestía como un mendigo. Se alojaba en
moteles infectos. Su paranoia se acentuaba. Sospechaba que espías disfrazados
de camareras le envenenaban el café. Como antídoto, ingería píldoras con
esencia de serpiente de cascabel. Acudió a un dentista para que le arrancase
todos los empastes; temía portar algún micrófono oculto.
Fischer es un caso extremo, pero las manías, supersticiones y
rarezas afectan a casi todos los jugadores de élite sometidos a la tensión de
los torneos. En Linares, Kasparov ocultaba entre bastidores una tableta de
chocolate de una marca rusa cuyo nombre significa `inspiración´, que devoraba
en grandes cantidades. Siempre pedía el mismo menú: consomé, salmón, solomillo,
tónica y té. Y todos los años exigía la misma almohada y tazas del desayuno.
Dicen que las personas que llevan una vida tan nómada y estresante se sienten
reconfortadas si tienen a su alrededor objetos que resulten familiares y tratan
de cumplir con una serie de rutinas. Su número favorito es el 13. Nació el 13
de abril y fue el 13 campeón mundial. Tenía la costumbre de solicitar en los
hoteles una habitación cuyo número acabase en esos dígitos de mal agüero. Una
petición difícil de satisfacer, pues en muchos establecimientos se saltan este
guarismo al numerar las habitaciones.
El ruso Anatoly Karpov tiene otra superstición: no cambiarse
de traje en un torneo mientras no pierda. «Primero, uno tiene que ganarle una
partida, y entonces él ya se preocupará de la higiene», protestó el suizo
Victor Korschnoi, alias El Terrible, que se quejaba de que era un suplicio
soportar el juego embrolladísimo y milimétrico de Karpov y sus efluvios
corporales durante horas. Otro maniático era Alexander Alekhine, que siempre
tenía a su lado a un gato siamés que olisqueaba las piezas. El holandés Jan
Timman explica la raíz íntima de estas extravagancias: «Cuando el ajedrez se
convierte en tu profesión, pierdes el equilibrio social y te encuentras a
merced de todo tipo de factores aleatorios». Sólo así se explica el
comportamiento del indio Viswanathan Anand, conocido como El Yogui, que viaja
con su esposa a los torneos. Anand suele ser encantador y de trato sencillo, a
no ser que la víspera de una partida le insinúen cuál sería su reacción si
pierde, como hizo un periodista en Linares. Incapaz de ser descortés, se
despidió y luego utilizó a su mujer como embajadora para cortar todo tipo de
relación diplomática con el medio. «Olvídense de la entrevista.» Por lo menos,
Anand no lleva una vida cuasi monástica, como otros ajedrecistas con tendencia
a la misoginia. También Boris Gelfand viaja con su novia. El bielorruso vive en
una galaxia tan alejada de los mundanales asuntos cotidianos que es ella la que
se encarga de ponerle la servilleta, cortarle el bistec y darle la sopa. (Manda
huevos). El ucraniano Ivanchuk no le va a la zaga: llega tarde a todas partes:
al desayuno, a la cena, a la partida… Con su analista, el mexicano León Hoyos,
convertido en su chico de los recados (va a la farmacia a por pastillas para la
garganta y vitaminas), examina la víspera de cada enfrentamiento todas las
partidas que ha jugado su rival durante el último año.
En Linares todavía se recuerda a cierto jugador que salió de
su dormitorio en calzoncillos, tan concentrado en la inminente partida que
olvidó ponerse los pantalones. Y el padre del estadounidense Gata Kamksy
amenazó de muerte al británico Nigel Short, acusándolo de hablar a su hijo
cuando ambos estaban jugando (lo cual está prohibido). Short le recriminaba a su
rival que tosiera y se sonara las narices sin decoro. Por la noche terminaron
ambos en comisaría.
"Enroque" de Lautaro Fiszman
La excéntrica personalidad de Fischer se ha relacionado en no
pocas ocasiones con supuestos trastornos mentales. El “genio volátil”, como se
le definió en una de sus biografías, cultivó tantos defensores como detractores
desde el mismo momento en que irrumpió en el estrellato del mundo del ajedrez.
Sus declaraciones polémicas y mal carácter son casi tan legendarios como su
talento. “Bobby es una personalidad trágica. Me di cuenta de ello enseguida. Es
honesto, de buena naturaleza y con un elevado sentido de la justicia, pero es
una personalidad completamente antisocial. Es alguien que ha hecho
prácticamente todo en contra de sí mismo”, explicó en su día Spassky, el
talento ruso –luego nacionalizado francés– al que se midió Fischer en el
histórico duelo.
El destino de cada hombre se forja a menudo con pinceladas de
sarcasmo. Un ejército de admiradores sentía su pecho temblar de bestial envidia
ante aquellas acciones fulminantes, impredecibles, de perfección asombrosa. Yo
no llegaba a tanto; simplemente me podía la curiosidad.
Perdido sin remisión entre el blanco y negro, cuánto más fácil
le hubiese sido la vida no lidiando con
reinas y caballos sin patas.
Pero... ¿ a quién culpar de la desdicha?. Nunca
se sabe qué puede pasar cuando algo se deposita en las manos de un niño. (Ni
siquiera un inocuo tablero de ajedrez).